martes, 23 de mayo de 2017

La lengua viva

La costumbre árabe expresada en la máxima de: “…quien se come la lengua de una cabra, tiene que interpretar una canción”, la experimentó un cantor italiano llamado Massimo Fusco, cuando visitaba el Medio Oriente y Norte de África, en los años setenta. Aunque comerse la lengua lo hizo a regañadientes, la historia cuenta que, en la pieza que le tocó entonar, el italiano alcanzó un perfecto Do de pecho, que ni él mismo se lo podía creer.

Un sonoro aplauso retumbó en el recinto, acompañado de una atinada declaración.
"– Esa no debió haber sido una cabra cualquiera–" concluyó el sorprendido italiano, ante semejante ejecución.

Del recinto del banquete salió Massimo Fusco envuelto en un mar de duda y confusión, y estaba lejos de creer lo que había realizado. Su vida como cantor (aspirante a tenor) en Italia había prácticamente terminado unos meses antes de su viaje al extranjero, cuando su maestro de canto le dijo en forma categórica  que desistiera de este arte, que su voz jamás alcanzaría un decente Do de pecho.

“– Dedíquese a otra cosa señor Fusco – le dijo el sabio profesor Caruso, con la franqueza con que hablan los viejos,  – a los serenateros en la vía  Santo Vitti les pagan muy bien; usted no nació para el Bel canto”.

“ – Lo sucedido en el banquete con los árabes fue la patraña de una necia fantasía, de esas que pululan en estas tierras de magia e ilusión–" lo repetía Massimo Fusco en voz alta, mientras caminaba raudo a su hotel, con su asombro aún palpitando.
Voz viva
Voces cantantes
Ya en su habitación, se le ocurrió de súbito interpretar una pieza clásica: O Sole Mío, y poner otra vez a prueba su voz. La ejecución fue de nuevo una muestra de virtuosismo y perfección del buen canto, con un robusto Do de pecho que nunca desfalleció y permaneció, con una sola toma de aire, en alturas tonales hasta hoy desconocidas por el viajero cantor.

El efecto de la lengua de cabra está aun ahí, no sé por cuánto tiempo –  pensó, sobrecogido.

Muy a pesar de la nueva verificación, a Massimo Fusco todavía lo atormentaba la incredulidad y las cavilaciones.  Solo alguien neutral y conocedor del Bel canto lo podría sacar de la corrosiva duda.
Cuenta esta historia que Massimo Fusco, grabadora en mano, se encerró todo un día en el cuarto de un hotel en las afueras de Marrakech, en Marruecos, donde cantó y grabó Vesti La Giubba, pieza clásica de gran exigencia interpretativa.

Al día siguiente de la agotadora jornada, el confundido cantor se dirigió  a la oficina de correos con dos sobres que llevaban cada uno un casete. Uno iba dirigido a su antiguo profesor Domenico Caruso, y el otro a un amigo conocedor del Bel canto, en Milán, llamado Carlo Vitale. Ambos sobres contenían una breve carta que remataba diciendo:

¿qué opina usted, maestro de la interpretación que he hecho?
P.D. Respóndame, por favor, vía telegrama.
El primero en responder fue su antiguo profesor Caruso, crítico implacable de su carrera y trayectoria. El telegrama era escueto y directo.

Señor Fusco:
Dudo que la del casete sea su voz. Por favor, sea feliz y siga su vida de cantante de la noche, el Bel canto no lo extraña a usted para nada.
Domenico Caruso
El telegrama del amigo era esperanzador y con un certero remate.
Querido Massimo:
Tu voz es absolutamente irreconocible y ahora cantas como los dioses. ¡Felicitaciones! ¿Qué andas comiendo últimamente?
Carlo Vitale

2 casetes

El origen de la cabra del gran banquete árabe –incluyendo el poder mágico de su lengua–  era ahora lo único que le inquietaba a Massimo Fusco por saber, y el interés lo llevó a recorrer muchas bibliotecas en todo Medio Oriente, incluyendo la legendaria biblioteca de Alejandría, en el antiguo Egipto.

Un día cualquiera, mientras visitaba la biblioteca de Rabat, en Marruecos, el título de  un libro con una modesta pasta le llamó la atención: Las Cabras Cantoras de Assaka. El libro estaba catalogado bajo el género de leyenda ficción, y de autor desconocido.

Contaba esta historia que en el pueblo de Assaka, al sur de Marruecos, “existió algún tiempo atrás una especie de cabra con un balido muy especial y distintivo, que (antes que perturbar) tranquilizaba los espíritus de gente y  animales;  las virtuosas tonalidades que de sus hocicos salían,  atraían a multitudes que extasiadas las escuchaban en muda contemplación. A los primeros niños cantores de Assaka los nutrieron con la leche de las talentosas rumiantes, y cuando los niños alcanzaban su adultez, los alimentaban con la excelsas lenguas del celebrado animal, lo que dio origen a camadas de eximios tenores, a los que se le consideró como los más talentosos del mundo”.

La historia de Las Cabras Cantoras de Assaka corroboraba ahora su aseveración: “Esa no debió haber sido una cabra cualquiera”.

El brote de virtuosismo de Massimo Fusco fue noticia de gran revuelo, lo que trajo al Medio Oriente,  un gran número de tenores de todo el mundo, que aspiraban igualmente a probar las mieles de la increíble vivencia. Lenguas de cabra atiborraron ollas y calderos en casas y restaurantes de la región, sin embargo, en ninguno de los cantores se materializó el ansiado milagro, ni tampoco en los que lo intentaron tiempo después.

En una inmensa carpa árabe, aquella calurosa tarde en un banquete, Massimo Fusco tuvo la fortuna de comerse una lengua de cabra de la estirpe de Assaka, y luego ejecutar un altivo y envidiable Do de pecho. El italiano se comió la última lengua que quedaba.


Marcelino Torrecilla N (matorrecc@gmail.com)
Abu Dhabi mayo de 2017
Foto de tenores: www.16minutos.com

martes, 2 de mayo de 2017

La historia del soldado desconocido

T Soldado copy

Para nadie había duda que Santiago Mera era el mejor soldado colombiano apostado en el Sinaí, después del admirable acto de arrojo al repeler con éxito el ataque a un grupo de mujeres con niños, que huía de las garras de salteadores del desierto. La emboscada, a Santiago,  lo sorprendió solo, pero bien apertrechado.

Tuve la fortuna de conocer a Santiago Mera en Colombia, mientras cursábamos el bachillerato, en grado ocho, y desde entonces hemos conservado una muy buena amistad que, por pura y feliz coincidencia, nos reunía a los dos aquí en el Medio Oriente. Hoy, precisamente, viene Santiago a visitarme y despedirse, camino a Yemen, su nueva apuesta militar.

Estábamos ansiosos por ponernos al día y teníamos tantas cosas que recordar, que no sabíamos por donde empezar. En esta ocasión, y en forma espontánea,  iniciamos con las aventuras de los años de colegio.

“–Te acordás, Chapinero  (así me llamaban a mi en el colegio y a Santiago le decíamos Juanchito) – iniciaba Santiago con su marcado acento caleño– de Sabrina, la de los ataques de tos”.
“ – Sí, claro. Su belleza se desmoronaba cuando le sobrevenía la ruidosa tos, tan estruendosa como inoportuna, y que nadie se aguantaba”.

“ –Solo te la aguantaste vos, rolo– me lo recordaba Santiago con una explosiva carcajada–, que como que le encontraste la cura; los yemeníes eran soldados valientes, pero sin experiencia, y eran presa fácil para los hijos de p…  de negro, por fortuna logré salvar a más de uno”.
No comprendía la inesperada inclusión de Yemen en la conversación, por parte de Santiago, pero no quise, al menos en ese momento, ni interrumpirlo ni interpelarlo.

“Pero, contáme, Chapi ¿En qué quedaste con Sabrina, como que te contagió el catarro, parece?” De nuevo explotaba su ensordecedora carcajada, que quedaba resonando en la villa, y hacía que las aves del patio salieran espantadas con un ruidoso aleteo.
“ –Nos separamos porque al final descubrimos que teníamos muy pocas cosas en común y nos dimos cuenta que necesitábamos ser más predecibles el uno al otro; sabes, Juanchito, la tos nunca fue un inconveniente para el amor”.

“Yo en cambio– arrancaba Santiago con un tono melancólico– nunca ligué  nada con ninguna muchacha, por lo andariego, vos sabés, nunca me quedaba mucho tiempo en un mismo lugar; el enemigo, en Yemen, vestía siempre de negro y eran unos hijos de p… sanguinarios, perdí la cuenta de cuantos bajé. ¡Marica!, si caías  en las manos de los hijos de p…  de negro estabas liquidado: ¡Halás, era el fin! me lo repetía hasta el cansancio; pero sabés, rolito, que no me lamento por mi soledad, el vacío humano ahora lo llenan dos mascoticas que tengo: un perro y una gata, que son los mejores amigos y van siempre conmigo. Los tres vamos de andariegos por el mundo, y vivimos el uno para el otro.”
“ –Y ¿Qué nombre les pusiste?”
“ – A la gatica Salomé y al perrito Tony – me respondió con un tono paternal, como cuando uno, con orgullo, da los nombre de sus hijos–. Se van conmigo a Yemen– prosiguió entusiasmado –  pero van a estar en una zona segura, me están esperando en el aeropuerto; los  hijos de p… de negro acaban de capturar a Ahmed, mi mejor amigo yemení, tal vez no lo maten enseguida por lo que él representa en la región, pero uno nunca sabe con esos desgraciados como sea te vamos a rescatar, Ahmed; oíme, Chapinero, y vos ¿Hace cuánto no vas a Colombia?”
– “ Quince años, Santi, quince largos años” – le respondí con un lastimero tono de nostalgia.

“ –Mucho tiempo, rolo mucho tiempo, tenés que ir a Colombia a recargarte, a que toqués un verdadero árbol, ver verde y sentir el olor de la lluvia y la guayaba y el calor de la gente de uno; inteligencia ya ubicó donde tienen a Ahmed, está en un edificio abandonado en las afueras de Saná, hoy estoy de francotirador, una de mis especialidades, y ya casi tengo en la mira, a los dos guardias de la entrada, ¡pum!¡pum! doy de baja a los dos en forma casi simultánea, y entramos todos en acción, tenemos el lugar exacto donde retienen a Ahmed, somos sigilosos y los silenciadores ayudan, subo un interminable muro, ya los tengo en la mira a través de un tragaluz, los captores son dos y se ven cansados, por accidente hago un ruido inesperado y uno mira hacia arriba, ¡pum!¡pum! no les doy tiempo: soy certero nuevamente, pero uno alcanzó a dispararle a Ahmed y lo hirió, al parecer no de gravedad, lo cargo en mi espalda, SHUKRAN, SHUKRAN (GRACIAS , GRACIAS) no dejaba de decirme Ahmed en árabe mientras salimos rápidamente, antes de que les lleguen refuerzos, Ahmed esta ahora salvo.”

A medida que proseguía la conversación y los insertados relatos, sentía que perdía a Santiago y que se me salía de las manos. No identificaba, ahora, con claridad, ni al amigo ni al soldado, su forma de hablar cambiaba y su lenguaje corporal ya no era predecible. Fue entonces cuando decidí intervenir.

“ – Oíme, Juanchito,  ¿Estás bien? ¿ Qué te está pasando, mi hermano del alma? – le pregunté con  la voz de un padre a quien la angustia carcomía–. Me has estado hablando de Yemen como si ya hubieras estado allá, ¿Quién es Ahmed y quiénes son los hombres de negro?”
“ – ¿PERDÓN? – me respondió Santiago con un tono airado–  ¿De qué me habla el rolo? Pues, le respondo a la joya de Chapinero: nunca antes me había sentido tan bien, y nunca hablo de pendejadas que no conozco”.

Desistí de más información. Estaba terriblemente confundido y comencé a temer, más bien, por mi propio estado mental. Aún así, mantuve mi compostura y seguí la conversación, intrigado ahora por saber cómo terminaría este extraño reencuentro.
“ – Relajáte, Chapi, relajáte, que estoy  bien– me hablaba en un tono conciliador y con la voz de un veterano de la vida–. Mirá, antes de que se me olvide, tengo este sobre pa que se lo entregés a mi sobrina Verenice, que viene de Colombia la próxima semana; ya ella tiene tu dirección y te llamará antes. Le decís que lo abra solo cuando llegue de vuelta a Cali; me cuenta Ahmed que los hijos de p…  de negro ya me tienen en la mira por los golpes que les hemos dado, y saben que soy yo quien lidera las estrategias de combate. No me sorprende. Justo ayer pasó lo que siempre había temido: eran las 3 de la madrugada cuando…….”

Santiago detuvo su último relato en forma abrupta y miró su reloj.
“ – ¡Voy tarde! –exclamó con voz presurosa–. El bus al aeropuerto me recoge en quince minutos”.
No podía esconder mi inmensa tristeza – y ahora preocupación– por la partida del caro amigo, y le deseé la mejor de las suertes en su nueva aventura militar.

"–No te me pongás triste, Chapi, que a donde voy todo va estar bien. Ya vas a ver vos."

Nos unimos en un apretado abrazo por unos buenos segundos y luego caminó raudo hacia la puerta. A unos pocos centímetros del umbral, Santiago comenzó a levitar y dio un lento giro hacia donde yo me encontraba; lo tenía ahora enfrente: iba con los ojos cerrados y un rostro tranquilo. Segundos después, lo vi desvanecerse en la blancura de un inmenso cielorraso. Me pareció oír de nuevo su alegre carcajada, y las aves del patio se volvieron a espantar.

Marcelino Torrecilla N (matorrecc@gmail.com)
Abu Dhabi mayo de 2017