viernes, 9 de junio de 2017

Clases de vuelo a una alfombra mágica

Las legendarias alfombras mágicas –las voladoras de las fábulas indias y árabes– hoy ya no son las mismas. Las de ahora nacen en desventaja con un vuelo básico, el bajo, que cayó en desuso hace tiempo, y solo tenía cabida en un desierto sin edificaciones, donde las asombrosas superficies podían volar a placer, por kilómetros y sin interrupciones.

El paisaje de vuelo, ahora, ha cambiado en forma notoria, y les toca a las alfombras mágicas de estos tiempos prepararse para poder volar entre edificios de geometrías inverosímiles y alturas inexploradas.

Alfombras  hay sin altas aspiraciones y son las que terminan en las entradas de bulliciosos bazares en el Cairo, o delante de las puertas de sórdidos hoteles en  Calcuta, o las que, con el vuelo básico –el corto– entretienen a adultos y niños, en centros comerciales, con viajecitos cortos a alturas inofensivas, que no quiebran un hueso, ni producen vértigo alguno.

Las alfombras con elevadas aspiraciones van a clase en Dubái, más exactamente al Burj Khalifa (el edificio más alto del mundo con 163 pisos) su centro de aprendizaje por excelencia, y cumplen –de acuerdo con el punto de elevación–con programas de pregrado y maestría. Las que aspiren a un doctorado, deberán lanzarse, con inmensa soltura,  desde el piso 163: la cúspide, y continuar en ese alto curso por una significativa cantidad de tiempo. Coronan la cima solo las alfombras más atrevidas.
T Burj
Centro de altos estudios
Con las primeras graduandas –en un futuro más cercano que lejano–, ciudades como Dubái y Beirut verán sus azules cielos surcados por remozadas alfombras mágicas que reemplazarán a las legendarias, las de las leyenda de Las mil y una noches, las que volaban sobre dorados palacios, rojizas dunas y errantes beduinos.

T Carpet

Los cielos de occidente se llenarán de drones alimentados con tecnología, mientras oriente disfrutará de un horizonte de alfombras mágicas milenarias, que vuelan con el viento de su historia.


Marcelino Torrecilla N (matorrec@yahoo.com)
Abu Dhabi junio de 2017
Fotos
Alfombra voladora: Nazmiyal collection
Burj Khalifa: www.burjkhalifa.ae

martes, 23 de mayo de 2017

La lengua viva

La costumbre árabe expresada en la máxima de: “…quien se come la lengua de una cabra, tiene que interpretar una canción”, la experimentó un cantor italiano llamado Massimo Fusco, cuando visitaba el Medio Oriente y Norte de África, en los años setenta. Aunque comerse la lengua lo hizo a regañadientes, la historia cuenta que, en la pieza que le tocó entonar, el italiano alcanzó un perfecto Do de pecho, que ni él mismo se lo podía creer.

Un sonoro aplauso retumbó en el recinto, acompañado de una atinada declaración.
"– Esa no debió haber sido una cabra cualquiera–" concluyó el sorprendido italiano, ante semejante ejecución.

Del recinto del banquete salió Massimo Fusco envuelto en un mar de duda y confusión, y estaba lejos de creer lo que había realizado. Su vida como cantor (aspirante a tenor) en Italia había prácticamente terminado unos meses antes de su viaje al extranjero, cuando su maestro de canto le dijo en forma categórica  que desistiera de este arte, que su voz jamás alcanzaría un decente Do de pecho.

“– Dedíquese a otra cosa señor Fusco – le dijo el sabio profesor Caruso, con la franqueza con que hablan los viejos,  – a los serenateros en la vía  Santo Vitti les pagan muy bien; usted no nació para el Bel canto”.

“ – Lo sucedido en el banquete con los árabes fue la patraña de una necia fantasía, de esas que pululan en estas tierras de magia e ilusión–" lo repetía Massimo Fusco en voz alta, mientras caminaba raudo a su hotel, con su asombro aún palpitando.
Voz viva
Voces cantantes
Ya en su habitación, se le ocurrió de súbito interpretar una pieza clásica: O Sole Mío, y poner otra vez a prueba su voz. La ejecución fue de nuevo una muestra de virtuosismo y perfección del buen canto, con un robusto Do de pecho que nunca desfalleció y permaneció, con una sola toma de aire, en alturas tonales hasta hoy desconocidas por el viajero cantor.

El efecto de la lengua de cabra está aun ahí, no sé por cuánto tiempo –  pensó, sobrecogido.

Muy a pesar de la nueva verificación, a Massimo Fusco todavía lo atormentaba la incredulidad y las cavilaciones.  Solo alguien neutral y conocedor del Bel canto lo podría sacar de la corrosiva duda.
Cuenta esta historia que Massimo Fusco, grabadora en mano, se encerró todo un día en el cuarto de un hotel en las afueras de Marrakech, en Marruecos, donde cantó y grabó Vesti La Giubba, pieza clásica de gran exigencia interpretativa.

Al día siguiente de la agotadora jornada, el confundido cantor se dirigió  a la oficina de correos con dos sobres que llevaban cada uno un casete. Uno iba dirigido a su antiguo profesor Domenico Caruso, y el otro a un amigo conocedor del Bel canto, en Milán, llamado Carlo Vitale. Ambos sobres contenían una breve carta que remataba diciendo:

¿qué opina usted, maestro de la interpretación que he hecho?
P.D. Respóndame, por favor, vía telegrama.
El primero en responder fue su antiguo profesor Caruso, crítico implacable de su carrera y trayectoria. El telegrama era escueto y directo.

Señor Fusco:
Dudo que la del casete sea su voz. Por favor, sea feliz y siga su vida de cantante de la noche, el Bel canto no lo extraña a usted para nada.
Domenico Caruso
El telegrama del amigo era esperanzador y con un certero remate.
Querido Massimo:
Tu voz es absolutamente irreconocible y ahora cantas como los dioses. ¡Felicitaciones! ¿Qué andas comiendo últimamente?
Carlo Vitale

2 casetes

El origen de la cabra del gran banquete árabe –incluyendo el poder mágico de su lengua–  era ahora lo único que le inquietaba a Massimo Fusco por saber, y el interés lo llevó a recorrer muchas bibliotecas en todo Medio Oriente, incluyendo la legendaria biblioteca de Alejandría, en el antiguo Egipto.

Un día cualquiera, mientras visitaba la biblioteca de Rabat, en Marruecos, el título de  un libro con una modesta pasta le llamó la atención: Las Cabras Cantoras de Assaka. El libro estaba catalogado bajo el género de leyenda ficción, y de autor desconocido.

Contaba esta historia que en el pueblo de Assaka, al sur de Marruecos, “existió algún tiempo atrás una especie de cabra con un balido muy especial y distintivo, que (antes que perturbar) tranquilizaba los espíritus de gente y  animales;  las virtuosas tonalidades que de sus hocicos salían,  atraían a multitudes que extasiadas las escuchaban en muda contemplación. A los primeros niños cantores de Assaka los nutrieron con la leche de las talentosas rumiantes, y cuando los niños alcanzaban su adultez, los alimentaban con la excelsas lenguas del celebrado animal, lo que dio origen a camadas de eximios tenores, a los que se le consideró como los más talentosos del mundo”.

La historia de Las Cabras Cantoras de Assaka corroboraba ahora su aseveración: “Esa no debió haber sido una cabra cualquiera”.

El brote de virtuosismo de Massimo Fusco fue noticia de gran revuelo, lo que trajo al Medio Oriente,  un gran número de tenores de todo el mundo, que aspiraban igualmente a probar las mieles de la increíble vivencia. Lenguas de cabra atiborraron ollas y calderos en casas y restaurantes de la región, sin embargo, en ninguno de los cantores se materializó el ansiado milagro, ni tampoco en los que lo intentaron tiempo después.

En una inmensa carpa árabe, aquella calurosa tarde en un banquete, Massimo Fusco tuvo la fortuna de comerse una lengua de cabra de la estirpe de Assaka, y luego ejecutar un altivo y envidiable Do de pecho. El italiano se comió la última lengua que quedaba.


Marcelino Torrecilla N (matorrecc@gmail.com)
Abu Dhabi mayo de 2017
Foto de tenores: www.16minutos.com

martes, 2 de mayo de 2017

La historia del soldado desconocido

T Soldado copy

Para nadie había duda que Santiago Mera era el mejor soldado colombiano apostado en el Sinaí, después del admirable acto de arrojo al repeler con éxito el ataque a un grupo de mujeres con niños, que huía de las garras de salteadores del desierto. La emboscada, a Santiago,  lo sorprendió solo, pero bien apertrechado.

Tuve la fortuna de conocer a Santiago Mera en Colombia, mientras cursábamos el bachillerato, en grado ocho, y desde entonces hemos conservado una muy buena amistad que, por pura y feliz coincidencia, nos reunía a los dos aquí en el Medio Oriente. Hoy, precisamente, viene Santiago a visitarme y despedirse, camino a Yemen, su nueva apuesta militar.

Estábamos ansiosos por ponernos al día y teníamos tantas cosas que recordar, que no sabíamos por donde empezar. En esta ocasión, y en forma espontánea,  iniciamos con las aventuras de los años de colegio.

“–Te acordás, Chapinero  (así me llamaban a mi en el colegio y a Santiago le decíamos Juanchito) – iniciaba Santiago con su marcado acento caleño– de Sabrina, la de los ataques de tos”.
“ – Sí, claro. Su belleza se desmoronaba cuando le sobrevenía la ruidosa tos, tan estruendosa como inoportuna, y que nadie se aguantaba”.

“ –Solo te la aguantaste vos, rolo– me lo recordaba Santiago con una explosiva carcajada–, que como que le encontraste la cura; los yemeníes eran soldados valientes, pero sin experiencia, y eran presa fácil para los hijos de p…  de negro, por fortuna logré salvar a más de uno”.
No comprendía la inesperada inclusión de Yemen en la conversación, por parte de Santiago, pero no quise, al menos en ese momento, ni interrumpirlo ni interpelarlo.

“Pero, contáme, Chapi ¿En qué quedaste con Sabrina, como que te contagió el catarro, parece?” De nuevo explotaba su ensordecedora carcajada, que quedaba resonando en la villa, y hacía que las aves del patio salieran espantadas con un ruidoso aleteo.
“ –Nos separamos porque al final descubrimos que teníamos muy pocas cosas en común y nos dimos cuenta que necesitábamos ser más predecibles el uno al otro; sabes, Juanchito, la tos nunca fue un inconveniente para el amor”.

“Yo en cambio– arrancaba Santiago con un tono melancólico– nunca ligué  nada con ninguna muchacha, por lo andariego, vos sabés, nunca me quedaba mucho tiempo en un mismo lugar; el enemigo, en Yemen, vestía siempre de negro y eran unos hijos de p… sanguinarios, perdí la cuenta de cuantos bajé. ¡Marica!, si caías  en las manos de los hijos de p…  de negro estabas liquidado: ¡Halás, era el fin! me lo repetía hasta el cansancio; pero sabés, rolito, que no me lamento por mi soledad, el vacío humano ahora lo llenan dos mascoticas que tengo: un perro y una gata, que son los mejores amigos y van siempre conmigo. Los tres vamos de andariegos por el mundo, y vivimos el uno para el otro.”
“ –Y ¿Qué nombre les pusiste?”
“ – A la gatica Salomé y al perrito Tony – me respondió con un tono paternal, como cuando uno, con orgullo, da los nombre de sus hijos–. Se van conmigo a Yemen– prosiguió entusiasmado –  pero van a estar en una zona segura, me están esperando en el aeropuerto; los  hijos de p… de negro acaban de capturar a Ahmed, mi mejor amigo yemení, tal vez no lo maten enseguida por lo que él representa en la región, pero uno nunca sabe con esos desgraciados como sea te vamos a rescatar, Ahmed; oíme, Chapinero, y vos ¿Hace cuánto no vas a Colombia?”
– “ Quince años, Santi, quince largos años” – le respondí con un lastimero tono de nostalgia.

“ –Mucho tiempo, rolo mucho tiempo, tenés que ir a Colombia a recargarte, a que toqués un verdadero árbol, ver verde y sentir el olor de la lluvia y la guayaba y el calor de la gente de uno; inteligencia ya ubicó donde tienen a Ahmed, está en un edificio abandonado en las afueras de Saná, hoy estoy de francotirador, una de mis especialidades, y ya casi tengo en la mira, a los dos guardias de la entrada, ¡pum!¡pum! doy de baja a los dos en forma casi simultánea, y entramos todos en acción, tenemos el lugar exacto donde retienen a Ahmed, somos sigilosos y los silenciadores ayudan, subo un interminable muro, ya los tengo en la mira a través de un tragaluz, los captores son dos y se ven cansados, por accidente hago un ruido inesperado y uno mira hacia arriba, ¡pum!¡pum! no les doy tiempo: soy certero nuevamente, pero uno alcanzó a dispararle a Ahmed y lo hirió, al parecer no de gravedad, lo cargo en mi espalda, SHUKRAN, SHUKRAN (GRACIAS , GRACIAS) no dejaba de decirme Ahmed en árabe mientras salimos rápidamente, antes de que les lleguen refuerzos, Ahmed esta ahora salvo.”

A medida que proseguía la conversación y los insertados relatos, sentía que perdía a Santiago y que se me salía de las manos. No identificaba, ahora, con claridad, ni al amigo ni al soldado, su forma de hablar cambiaba y su lenguaje corporal ya no era predecible. Fue entonces cuando decidí intervenir.

“ – Oíme, Juanchito,  ¿Estás bien? ¿ Qué te está pasando, mi hermano del alma? – le pregunté con  la voz de un padre a quien la angustia carcomía–. Me has estado hablando de Yemen como si ya hubieras estado allá, ¿Quién es Ahmed y quiénes son los hombres de negro?”
“ – ¿PERDÓN? – me respondió Santiago con un tono airado–  ¿De qué me habla el rolo? Pues, le respondo a la joya de Chapinero: nunca antes me había sentido tan bien, y nunca hablo de pendejadas que no conozco”.

Desistí de más información. Estaba terriblemente confundido y comencé a temer, más bien, por mi propio estado mental. Aún así, mantuve mi compostura y seguí la conversación, intrigado ahora por saber cómo terminaría este extraño reencuentro.
“ – Relajáte, Chapi, relajáte, que estoy  bien– me hablaba en un tono conciliador y con la voz de un veterano de la vida–. Mirá, antes de que se me olvide, tengo este sobre pa que se lo entregés a mi sobrina Verenice, que viene de Colombia la próxima semana; ya ella tiene tu dirección y te llamará antes. Le decís que lo abra solo cuando llegue de vuelta a Cali; me cuenta Ahmed que los hijos de p…  de negro ya me tienen en la mira por los golpes que les hemos dado, y saben que soy yo quien lidera las estrategias de combate. No me sorprende. Justo ayer pasó lo que siempre había temido: eran las 3 de la madrugada cuando…….”

Santiago detuvo su último relato en forma abrupta y miró su reloj.
“ – ¡Voy tarde! –exclamó con voz presurosa–. El bus al aeropuerto me recoge en quince minutos”.
No podía esconder mi inmensa tristeza – y ahora preocupación– por la partida del caro amigo, y le deseé la mejor de las suertes en su nueva aventura militar.

"–No te me pongás triste, Chapi, que a donde voy todo va estar bien. Ya vas a ver vos."

Nos unimos en un apretado abrazo por unos buenos segundos y luego caminó raudo hacia la puerta. A unos pocos centímetros del umbral, Santiago comenzó a levitar y dio un lento giro hacia donde yo me encontraba; lo tenía ahora enfrente: iba con los ojos cerrados y un rostro tranquilo. Segundos después, lo vi desvanecerse en la blancura de un inmenso cielorraso. Me pareció oír de nuevo su alegre carcajada, y las aves del patio se volvieron a espantar.

Marcelino Torrecilla N (matorrecc@gmail.com)
Abu Dhabi mayo de 2017

domingo, 30 de abril de 2017

Medio Oriente: milagro capilar

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Suelto y brillante

“Soy irreversiblemente calvo y cegatón y en estos momentos estoy en la ducha; es la hora del champú, y noto que la botella está vacía. ¡Qué vaina!, tocará usar el de mi mujer, al que identifico porque sobre la botella sé que dice: Champú que deja el cabello suelto y brillante, lo que a mí, por sustracción de materia, está lejos de interesarme. Mi mujer puede tener en el baño hasta cinco botellas para el cuidado capilar, pero a mí solo me interesa la botella que dice: Champú que deja el cabello suelto y brillante. ¿Cuál de las cinco botellas será? Y yo sin gafas y sin tiempo. Hago el esfuerzo de mirar botella por botella, y me las pongo a centímetros de mis ojos y nada que puedo ver la bendita leyenda que dice: Champú que deja el cabello suelto y brillante. ¡Qué carajo!, cojo una botella a ojos cerrados. Total, en este momento me conformo solo con que sobre mi desplumada cabeza se deslice una sustancia espesa y fragante, que es la que contienen todas esas botellas que usa la gente con cabello, cuando se baña. Termino mi ducha y salgo rápido para el trabajo. Al llegar a mi oficina, una colega me queda mirando y me dice”: – John Jairo, qué bonito tienes tu cabello hoy: se te ve suelto y brillante.

“¡Acerté con la botella!”

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Marcelino Torrecilla N (mtorrecc@gmail.com)
Abu Dhabi Abril de 2017







viernes, 7 de abril de 2017

Emiratos: imágenes y retratos (3)

Emiratos Árabes es un país de retratos, de muchos y variados, con los cuales uno se tropieza en un muy singular entorno de desierto, urbe y fantasía que, en vez de separarse, se armonizan para producir auténticas estampas, las estampas de los sorprendentes Emiratos en imágenes y retratos.
Old woman
El agua del día

Mosqu
Atardecer

Kit viaje
Equipo para un viaje mágico: alfombra voladora y zapatos

Door
Resguardando

Door 2
La entrada al jardín
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Desierto que vibra

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Calle Fatima hija de Mubarak

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Tienda de barrio: toque indio
La entrada a Marruecos
T roof
Arte urbano: techo de paradero
ARTESANIA LOCAL
Artesanía y color

La modista de la India

Mashrabiya: la ventana árabe

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Las mil y una luz

Dhow
Dhow: barco de antaño para la pesca de perlas
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Limpieza exterior

Birds
Arte urbano: pájaros camino a un oasis

Asentamiento
Arquitectura temprana

Marcelino Torrecilla N ( matorrecc@gmail.com)

Fotos: archivo personal
Ver entradas anteriores relacionadas con el tema de hoy
Emiratos: imágenes y retratos (1)
http://blogs.eltiempo.com/un-colombiano-en-emiratos-arabes-unidos/2016/07/04/emiratos-imagenes-y-retratos/
Emiratos: imágenes y retratos (2)



jueves, 23 de marzo de 2017

El limpiador de dagas

La conversación entre Reyes, Emires y Sultanes –en algún punto del desierto arábigo– giraba alrededor de las proezas deportivas que sus pueblos habían realizado a través de los años, en cada uno de sus territorios.

– “En justas equinas– afirmaba el rey Ahmed con henchido orgullo, -la fortaleza del caballo era la clave y los mejores ejemplares venían de Najd, en el centro de Arabia. Siguen siendo, los de Najd, los mejores competidores en el mundo Árabe y más allá de sus fronteras-.”

–“La rapidez y el certero golpe de garra de nuestros halcones– arrancaba diciendo, con pasión, el emir Abdulrahman– han sido nuestras grandes fortalezas para siempre batir al resto de contendientes en el arte de la cetrería en el inmenso Golfo Arábigo-.”

– “Por nuestra parte–, iniciaba su intervención el sultán Rashed, con un tono de nostalgia –fuimos imbatibles en una competencia que se llamaba Polvres, que consistía en pulverizar, con el certero tajo de una daga,  un pesado saco de arena, que colgaba de una viga. La competencia hacía alusión a cómo la vida puede terminar en un segundo y de un tajo: polvo eres.

La clave del éxito, en nuestro caso, estaba en qué tan bien afilada estuviese la hoja de la legendaria arma, y a cargo de esa responsabilidad se encontraba el limpiador de la daga. Los limpiadores de dagas eran seres excepcionales, con la singular destreza de frotar firmemente con sus manos, con una finísima tela de pashmina, los filosos y resplandecientes bordes. Sus prodigiosas manos, arropando los dos lados de la hoja, la recorrían en forma rítmica, de arriba abajo, una y otra vez, en rutinas que podían durar horas.

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Cuidado: reto y riesgo

La trasparente y casi invisible tela de pashmina nunca se rasgaba y las finas manos del limpiador salían siempre incólumes, sin sufrir el más mínimo daño. Lo que estos hombres hacían era, para muchos, un palpable acto de ilusión, sin par conocido.

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Mano en pashmina

Eran estas rutinas de cuidado y mantenimiento las que daban a las dagas el poder de un filo pulverizador que se requería en las competencias,  y  eran ellos, los limpiadores de dagas, los únicos que podían hacerlo posible.

Nunca nadie ha podido descifrar su arte y habilidad. Algunos dicen que ellos nunca tocaban los bordes, aunque el fuerte apretón sobre la hoja era claro y evidente. Otros afirman que mano y daga se hermanaban para crear una armoniosa fricción de metal sobre metal. Las conjeturas, al respecto, abundaban.

Cuentan las leyendas que, desencantados, los limpiadores de dagas dejaron de participar en los duelos de Polvres, por el número de trampas y triquiñuelas a las cuales otros competidores recurrían para ponerlos fuera de competencia. La envidia a muchos consumía, ya que las dagas de los legendarios limpiadores requerían solo de un tajo para pulverizar el compacto saco, mientras que la de sus competidores necesitaban de dos y hasta tres intentos para lograr el cometido.

Un día cualquiera no se supo más de ellos. Algunos se internaron en las profundidades del desierto de Omán, y  una significativa mayoría, emigró aún más profundo y se recluyó en las majestuosas montañas de Afganistán.

Se me ha encomendado la misión de traer de vuelta a los limpiadores de dagas, a tantos como podamos; sin embargo, nos conformaríamos con que regresara solo uno. La raíz de su estirpe y sabiduría esta sembrada en nuestro sultanato y queremos que ella resurja. Los extrañamos inmensamente, así como extrañamos el aroma que sus  victorias nos deparaban.

Ya hicimos una extensa convocatoria que durará el tiempo que fuese necesario y que abarca todo el Medio Oriente y el sur asiático. Los que decidan regresar serán de nuevo acogidos y generosamente remunerados.”

La convocatoria duró exactamente un año, tiempo después del cual, el gran Sultán Rashad  (en su sultanato de Kermán) daba apertura a la  etapa de verificación y selección del gran número de aspirantes que había respondido a la invitación.
El llamado reunió a un colorido y variado grupo de participantes –861 en total–, que iba desde estrafalarios charlatanes, pasando por ávidos simuladores, hasta llegar  a desapercibidos sabios. Todos debían demostrar con sus manos la habilidad de limpiar una filosa daga sin causarse herida alguna.
No faltaron, como era de esperase, las trampas y los artificios, que iban desde mágicos guantes invisibles que los jueces develaban con tinta de sepia, hasta prodigiosas ceras persas, que se untaban en las manos, las cuales  sucumbían en el infernal calor (único)  del sultanato de Kermán.
Mucha sangre brotó de las necias manos, a excepción de las de dos participantes, que permanecían indemnes. Ante una inmensa multitud,  repetían los dos restantes competidores, las rutinas de frotamiento sobre la filosa hoja, una y otra vez y luego mostraban las palmas de sus manos en señal de triunfo.
Solo les quedaba pasar la prueba final para la cual se escogió al guerrero de Kermán, con las manos más fuertes, para que fuera este quien hiciese él frotamiento de la filosa daga sobre la mano de cada uno de los dos contendientes que continuaban. La  ejecución de limpieza tendría ahora una fuerza descomunal.

A los dos participantes se les dio una hora de descanso antes de iniciar la prueba, tiempo que la gente aprovechó para hacer especulaciones y pronósticos.
"Los dos son unos impostores y su sangre correrá"– afirmaban algunos.
"Ambos son auténticos y victorias nos traerán"– aseguraban otros.
"El de más edad es el limpiador de dagas"– decía con firmeza una anciana beduina, que parecía conocerlos.– "El joven no se presentará. De hecho, ya partió"– terminaba afirmando la encorvada mujer.

El momento decisivo por fin llegó. La mano de uno de los finalistas –el de más edad, llamado Ebrahim–  descansaba sobre uno de los filos de una brillante daga, y el fornido guerrero comenzaba lenta, pero fuertemente a arroparla. El guerrero apretó con más fuerza para iniciar la rutina de limpieza, daga arriba. Inmediatamente después, se oyó un gemido y al gemido siguió un intenso hilo de sangre que en cuestión de segundos empapó por completo la fina tela de pashmina; Ebrahim no era más que otro hábil impostor.

La única esperanza en encontrar al limpiador de dagas, el que tanto reclamaba el sultanato de  Kermán, se encarnaba en Abdul Aziz, un hombre de 45 años, venido de las entrañas de la  montaña de Noshaq, en Afganistán. Era Abdul Aziz el único contendiente que quedaba.

El ritual se repetía: la mano de Abdul Aziz sobre la fina tela de pashmina que cubría una nueva y filosa daga, y sobre su mano la de ahora, un energúmeno guerrero, que no disimulaba su furia por la fallida patraña del farsante anterior. Muy a pesar del adverso panorama, Abdul Aziz permanecía increíblemente tranquilo.

Para esta ocasión, el guerrero inició la rutina con toda su fuerza y presión, y llevó la pequeña mano de Abdul Aziz daga arriba de un solo envión, luego la bajo con la misma fuerza y decisión; recorrió el afilado lado 25 veces, 12 de subida y 13 de bajada. El rostro de Abdul Aziz seguía impávido e inalterado, justo como la palma de su mano.

El guerrero puso, luego,  la mano Abdul Aziz en el otro borde de la daga e inició la misma rutina que no desfallecía en rigor ni fuerza. Esta vez fueron 40  recorridos, los cuales realizó el hercúleo militar hasta el cansancio. Agotado y convencido, el sudoroso guerrero le hizo al –ahora sí– auténtico limpiador de dagas, una ceremoniosa venia, en demostración de respeto y admiración.

Acto  seguido Abdul Aziz levantó su mano –que no mostraba el más mínimo indicio de laceración– empuñó la daga y apuntó  al centro de un inmenso y sólido saco de arena que colgaba de un viga; la afilada hoja entró certera, penetró sin interrupción la compacta superficie y pulverizó el saco de un sonoro tajo. La rojiza arena se desparramó en segundos sobre el suelo del desierto y regresó a su entorno natural.

¡POLVRES! POLVRES! gritó al unísono una conmovida multitud, ante la magistral ejecución que, junto a su etapa preliminar, escenificaba un acto de inmensa fantasía, nunca antes visto en todo el Medio Oriente.

Desde lo profundo de una montaña, Abdul Aziz trajo de nuevo gloria a un olvidado sultanato, en el sur del Golfo Arábigo. De su excelsa estirpe, era él el último que quedaba como lo había  presentido el gran Sultán de Kermán.


Marcelino Torrecilla N (matorrecc@gmail.com)
Abu Dhabi merzo de 2017

lunes, 6 de marzo de 2017

La bella tarde de un día gris

Después de algún tiempo, recibo una carta de mi amigo indio Sahas donde me comparte una de sus inusuales experiencias en Oriente Medio.

Inicia  Sahas su misiva diciéndome que……. “Al abrir mi correo esta mañana, no podía creer el  mensaje que nuestro jefe acababa de enviar:
“Debido al excelente clima que hoy tenemos, pueden tomarse la tarde libre. Disfruten el hermoso día con su familia’’.

En realidad – continuaba Sahas su relato –  el día era gris, de los peores que hemos tenido en Oriente Medio, y para remate comenzaba a caer una llovizna. Era un día deprimente para mi, pero no para el jefe árabe y sus paisanos, para quienes, al tener un sol radiante 360 días del año, un día gris es de lo más exótico y una hermosa ocasión  para estar al aire libre con la familia”.

Mirando a Colombia

De acuerdo con la historia de Sahas, los habitantes en esta esquina del mundo tienen las preferencias climáticas invertidas, en relación con las nuestras, en Colombia, donde en forma decidida (una buena mayoría) favorecemos los días con sol.
Una anécdota pertinente con nuestro tema de hoy, fue la que me contó un amigo emiratí hace un tiempo…

“ ……estábamos un grupo de turistas árabes en Europa sentados en el vagón de un tren, a minutos de partir, cuando de repente comenzó a llover. Disparados salimos para experimentar de cerca el fenómeno y allí nos quedamos mirando al cielo, extasiados dejando que la fina lluvia nos cayera, con toda libertad, sobre nuestros rostros; naturalmente perdimos el tren , ni siquiera nos dimos cuenta,  pero valió la pena, ya que  todos, sin decírnoslos, sabíamos que un momento de lluvia es una vivencia urbana que uno no se puede dar el lujo de perder”.

Supongo que todos los occidentales dejaron solos a los árabes, para refugiarse y protegerse de la lluvia.

Precipitaciones y el diario vivir

La casi total ausencia de lluvia en ciudades del desierto (por año en el desierto de Abu Dhabi caen solo 3 pulgadas de agua) se refleja también en la cotidianidad y el espacio lingüístico árabe-emiratí, ajeno al léxico de chubascos y precipitaciones. Por lo tanto –por acá– no caen rayos ni centellas en situaciones de drama y crisis. Ningún gran evento se ha suspendido por lluvia, ni , tampoco,  encontraríamos una apuesta artística que se llame palo de agua, y un pluviómetro se ve como un aparato  exótico –de remotas latitudes–, y al grito: ¡se viene un aguacero! de un latinoamericano, se le reemplaza por un: ¡se viene un tierrero! , por las tormentas (pero) de arena.


Pocas pulgadaas

Programa bajo la lluvia

Un majito –como en forma jocosa llamamos a los árabes en Colombia–en nuestra ciudad capital, Bogotá, viviría de la dicha con la generosa cantidad de días de lluvia y cielo gris que acompaña a la gran metrópoli colombiana.

De septimazo se irían con gran frecuencia y entusiasmo bajo una pertinaz lluvia, que abrazarían con el deleite y la alegría de un niño. En el parque Simón Bolívar montarían sus inmensas carpas y les adecuarían una ventana desde donde contemplarían el caer de la lluvia sobre el verdísimo césped.  Y que tal una subida a Monserrate, por parte de los habitantes del desierto,  viendo, maravillados,  desde el funicular,  la inmensidad de un cielo gris, sin horizonte definido.

En sus Instagrams lloverían fotos con selfies –que tanto disfrutan– con fondos de canaletas que dejan caer rebosantes chorros de agua lluvia impactando los andenes.

Esta relatividad climática debe dar para muchas otras historias que, muy seguro, los majitos tienen como parte de su anecdotario de vivencias exóticas, y que, para nosotros, permanecen aún inéditas.
Podríamos, para terminar, hacer un juego lingüístico de adición, y a la ya conocida frase: más contento que cachaco en playa, le podemos ahora agregar una hermana: más contento que majito en Bogotá.

Cachaco playa

Un abrazo a todos mis  amigos de la capital, desde un árido punto en el desierto emiratí, donde las tres pulgadas de lluvia cayeron ya hace rato.

Marcelino Torrecilla N (matorrecc@gmail.com)
Abu Dhabi marzo de 2017

Fotos

Disfrutando las pocas pulgadas: https://abu-dhabi-do.blogspot.ae/2015/01/rainy-weather-in-uae-armageddon.htmlShareTu.com
Bañista con sandalias y medias: ShareTu.com

domingo, 26 de febrero de 2017

Presos en Dubái

"En el mundo en que yo vivo siempre hay cuatro esquinas", clama, resignado, el personaje del Preso, canción inmortal interpretada por el gran cantante de salsa, el colombiano Wilson Saoko.

Afortunadamente, esas cuatro esquinas, universales, a las que está sometido alguien que pierde su libertad, en Dubái se expanden para los internos de la prisión central de este emirato, con oportunidades algo inusuales, que le permiten a un recluso reducir su pena, y en algunos casos recobrar su libertad.

Borrón y cuenta nueva

De todas las actividades que un preso realiza en una cárcel emiratí, la religiosa es la que ofrece significativas posibilidades de reducción de penas. Lo anterior se materializa con base en cuántas partes del Corán -libro fundamental de la religión musulmana- pueda memorizar el interno.

Por ejemplo, si el recluso memoriza tres partes del Corán, su condena se reduce en seis meses; memorizar cinco partes del sagrado libro quitan un año; diez partes cinco años; quince partes diez años; veinte partes quince años.

Memorizar las treinta partes del libro completo del Corán, permite reducir veinte años de la condena. Ahora, para tener derecho a este beneficio, el interno tiene que cumplir ciertos criterios. Cada caso se somete a un escrutinio, teniendo también en cuenta la gravedad del crimen cometido por el condenado.

A la fecha, desde el año 2012, han participado en esta experiencia, 11.553 sentenciados, 1.635 mujeres y 9.918 hombres. Desde el inicio de este beneficio, a 1.849 internos se les ha reducido las penas.

Un caso excepcional es el de una mujer de Camerún llamada Fatima, convicta por posesión de drogas, quien se convirtió al Islam, aprendió el idioma árabe, y memorizó en su totalidad el contenido del Corán. La dedicada mujer fue liberada y recompensada con 10.000 dirhams -moneda local- lo que corresponde a casi 8 millones de pesos colombianos.

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El redentor

Las cuatro esquinas en las que está confinado nuestro personaje en El Preso, se siguen ensanchando en Dubái con la presencia del redentor indio Singh Oberoi, quien se ha dado a la tarea de liberar a convictos condenados a la pena de muerte, cancelándoles las exorbitantes sumas que éstos adeudan y deben pagar para compensar a las familias,  a las cuales ellos han afectado; este es el procedimiento que legalmente se acostumbra en un país como los Emiratos Árabes Unidos.

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Hasta ahora el señor Singh ha salvado la vida de 54 personas condenadas a pena de muerte, y a cadena perpetua. En estos momentos le extiende su mano a treinta condenados de diferentes nacionalidades. Su generosidad le llevó a desembolsar, en una ocasión, 3.4 millones de dirhams, unos 250 millones de pesos colombianos, para que dejaran libre a 17 ciudadanos indios.

Singh Oberoi tiene 59 años y es un hombre de negocios en Dubái, quien basa su fortuna en una exitosa compañía de construcción de su propiedad.

El empresario hace un estricto seguimiento de todas las personas a quien ayuda llamándolos y algunas veces visitándolos en la India, e indagando acerca de su bienestar. Su misión, dice, es a largo plazo.

En este costado del mundo, el triste confinamiento de las cuatro esquinas de una cárcel es mitigado por un sol que siempre alumbra y da oportunidades de libertad. Solo se necesita dedicación y un buen ángel.


Marcelino Torrecilla N
Abu Dhabi junio de 2016

Fuentes
Moukhallati, Dana . "Abu Dhabi plans revolutionary new jail with no guards | The National." Abu Dhabi plans revolutionary new jail with no guards | The National. N.p., n.d. Web. 11 Aug. 2014. <http://www.thenational.ae/uae/courts/abu-dhabi-plans-revolutionary-new-jail-with-no-guards>.
Menon, Sunita . "Meet the Dubai businessman who gave death row convicts a second chance." Newsletter. N.p., n.d. Web. 11 Aug. 2014. <http://gulfnews.com/news/gulf/uae/society/meet-the-dubai-businessman-who-gave-death-row-convicts-a-second-chance-

jueves, 2 de febrero de 2017

Llorar para contarlo

 A mi padre, mi viejo farmaceuta que casi todo lo curaba

Si lagrimea y le arde –iniciaba el curioso aviso publicitario en una farmacia en la ciudad del Cairo– …escuche la historia de Saqhur y luego aplíquese en cada ojo dos milagrosas gotas de Raha.

Atraído por el singular mensaje se acercó Kristóf Fodor –un expatriado húngaro recientemente llegado a Egipto– a un barbado farmaceuta, que lo recibió con una amable sonrisa, detrás de un desvencijado mostrador.

Verá usted– arrancó el europeo una especie de breve relato de antecedentes– cuando lagrimeo, los ojos me arden y, aunque tolerable, si se prolonga, el malestar puede ser algo doloroso. Puede, usted, por favor, contarme la historia de Saqhur y venderme un colirio de Raha.

Algo doloroso, ¡ah!– fueron las primeras palabras que salieron de los labios del blanquibarbado farmaceuta, quien con toda la amabilidad del caso, invitó al paciente al interior de su establecimiento, y pidió que se acostara en un raído, pero cómodo, diván.

Todo comenzó hace mucho tiempo, en un pueblo en el norte de Egipto llamado Saqhur, cuyos pobladores, en una ocasión, mientras asistían al funeral del primer fallecido de su comarca, experimentaron como sus ojos comenzaban a arder con mucha intensidad, cuando las lágrimas se desbordaban sobre sus mejillas, y el insoportable ardor solo lo aplacaba detener el llanto. Muchos, no dispuestos a suprimir sus sentimientos, daban rienda suelta al sentido momento y morían por la acción de las lacerantes lágrimas que desgarraban las carnes de sus cuerpos, como la incandescente lava que ladera abajo corre y todo lo destruye.

Debían los lugareños, entonces, conformarse con solo un sollozo y ponerle  freno al inicio del llanto. Llegó esta calamidad a tal magnitud que las autoridades de la localidad tuvieron que poner avisos –por todo el pueblo y alrededores–  que decían: PROHIBIDO LLORAR, para así disminuir las muertes que los momentos tristes y de aciago, traían a la comunidad de Saqhur.
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Aviso: Prohibido llorar

Fue esta una población que se diezmó y desapareció rápidamente, ya que unos morían temprana y dolorosamente porque sucumbían al sentimiento del llanto, mientras otros fenecían, también muy jóvenes y de física melancolía, al no poder desahogar sus sentimientos.

La generación que prosiguió a la del pueblo de Saqhur recuperó la capacidad y el derecho a llorar, circunstancia que no desaprovecharon desatando en lágrimas, y a placer, hasta el más aparente y banal de los sentimientos, y eran los hombres quienes desplegaban la más pura y natural emoción, cuando no existía aún el dañino estereotipo de quiénes eran los que no debían llorar. Fue también esta la generación que murió longeva, hombres y mujeres por igual, y partían de este mundo ligeros de malsanos y pesados equipajes emocionales; se despedían, absolutamente, sin carga alguna.

Todos, sin embargo, termino contándole, experimentaron, dentro de su felicidad, un muy leve dejo de ardor en sus ojos, como el que hoy usted me describe, el cual, comparado con el que sufrió la generación de Saqhur, era casi que imperceptible, y, para algunos, indoloro. De hecho, todos pensaban que algo de dolor era necesario para combinarlo con la abundante felicidad de poder de nuevo llorar, sin morir en el intento. Aquí termina la historia. ¿Cuantos colirios de Raha va a comprar?”

Ante la pregunta del farmaceuta, solo hubo un extenso silencio.

“–Ninguno– respondió Kristóf Fodor con firmeza y con un mar de cavilaciones rondando en su cabeza– la historia de su receta ha sido suficiente”.

Gotas de lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas y lloró –sin ardor ni vergüenza– por el trágico sino del pueblo de Saqhur. El farmaceuta, muy discretamente, dejó el consultorio y Kristóf Fodor lloró un poco más en las sombras y la soledad del apagado recinto.

Las gotas de Raha, que el inusual aviso publicitario anunciaba, nunca existieron. El sabio farmaceuta sabía que la sola historia terminaba dando alivio y sabiduría a todo aquel que a ella acudía. Nunca le habían hecho un pedido de la milagrosa solución, que, en realidad, ya estaba contenida en el relato.

Kristóf Fodor no había sido el primer cliente de la vieja farmacia en el sur del Cairo. Hasta ese momento, el seductor mensaje publicitario había resultado ser de lo más efectivo y, para el viejo farmaceuta, de lo más gratificante.

A su natal Budapest, desde el aeropuerto del Cairo, viajó de vuelta Kristóf Fodor, una soleada mañana de un mes de noviembre, sin registrar equipaje alguno.


Marcelino Torrecilla N  (matorrecc@gmail.com)
Abu Dhabi, enero de 2017
¿Qué moraleja, para esta historia, me sugieren mis apreciados lectores?

miércoles, 4 de enero de 2017

Siria: biblioteca bajo fuego

En tierra de nadie –en medio de escombros y con el temor de ser alcanzados por francotiradores– dos adolescentes, cada uno llevando una bolsa de libros en sus manos, se aprestan a emprender la última carrera que los llevará a su destino final: la subterránea biblioteca de Darayya, en las afueras de una desolada Damasco, capital de Siria. Para los muchachos terminaba un día de recolección de textos, esta vez, por fortuna, sin novedades que lamentar.



La actividad académica para muchos de los jóvenes de Darayya se detuvo con el inicio de la guerra clausurándoles colegios, universidades y todo establecimiento que promoviera cualquier tipo de desarrollo humano.

Así es, la guerra en Darayya ultimó el acceso de jóvenes sirios a centros de aprendizaje, pero nunca el deseo y el entusiasmo por aprender y seguir creciendo en el regazo de la academia. Una prueba de lo anterior lo constituye la biblioteca de Darayya creada por los estudiantes de esta localidad, a unos buenos metros debajo del escombro de la guerra siria, que solo retrata el no-futuro y la zozobra.

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Anas Ahmad, un antiguo estudiante de ingeniería civil, fundó la biblioteca junto a un buen número de sus compañeros de universidad, con quienes ha logrado reunir 14.000 libros de todo tipo de temas, incluyendo algunos inimaginables.

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Aguerrido fundador
Muy a pesar de las difíciles condiciones, una de los principales objetivos de los jóvenes es siempre estar alimentando los estantes con nuevas lecturas, lo que significa salir de cacería de textos (ilustrada por los dos jóvenes al inicio) en  lugares de la arrasada ciudad, tan peligrosos como inexpugnables.

Muy a pesar del riesgo de morir, las azarosas incursiones valen la pena, por la vital labor social que la biblioteca cumple, al convertirse en un  centro de consulta, aprendizaje y entretenimiento comunal para una necesitada población.

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Inmersos: libro mata guerra
La consulta de temas  abarca una gran gama, que va desde voluntarios de un hospital que buscan información acerca de cómo tratar a sus pacientes, pasando por profesores principiantes que requieren de literatura pedagógica para preparar sus clases, hasta llegar a nóveles odontólogos que “asaltan” los estantes ávidos de encontrar mejoradas técnicas que los ayuden a preparar una calza dental o extraer una muela.

El resto de visitantes toma el riesgo de adentrarse en el lugar, por el solo placer de leer. Todas las consultas que se hacen son clandestinas, ya que la localización de la biblioteca es un secreto al cual  solo algunos tienen acceso. Deben, celosamente, proteger el sagrado lugar de los enemigos del conocimiento y de los que se incomodan porque exista una población informada.

Por ser un asiduo visitante  y desplegar un inusitado entusiasmo por el lugar, un joven de 14  años de edad llamado Amjad, ha sido nombrado bibliotecario adjunto, y ejerce su labor con toda la responsabilidad que el cargo exige.

En el insospechado recinto, Amjad, como el resto de usuarios,  ha encontrado refugio físico y espiritual.
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Amjad: dedicado bibliotecario
Armándose de libros
Tampoco los rebeldes escapan a la seducción y al momento de solaz que la lectura brinda, y son ellos los usuarios externos que se arman con un buena cantidad de libros, que llevan al frente e intercambian una vez terminan las lecturas.

Hacen, de esta manera, sus peligrosas jornadas – que pueden durar hasta 7 horas– mucho más llevaderas, flanqueados por un libro y un fusil; para los combatientes, la fecha de devolución de textos es indeterminada e incierta.
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Una tregua para la lectura
A uno le indicaría la lógica que los habitantes de Darayya deberían estar más preocupados por conseguir comida, medicamentos y demás – en vez de libros –, pero ellos tienen bien claro que el alma y el espíritu necesitan también alimentarse, más aún en las circunstancias adversas en que todos intentan vivir.

Los jóvenes de Darayya, a quienes vilmente les robaron el valioso tiempo para ir a la universidad y prepararse, no podrán tener una certificación académica de todos los conocimientos y destrezas que adquirieron en la subterránea biblioteca de su barrio, incluyendo la habilidad de cómo sobrellevar una guerra, el más importante de los aprendizajes.

Por otro lado, podrían mostrar orgullosos un diploma que, en letras resaltadas, certificaría la autenticidad de la más grande y duradera de todas las experiencias, como lo es el aprender para  la vida misma.  El dilema es que la vida en Siria no tiene futuro y nadie puedo saber en verdad, quienes lograrán sobrevivir para contarlo.

Marcelino Torrecilla N (matorrecc@gmail.com)
Abu Dhabi enero de 2017
Fotos: MALEK y BBC
http://www.bbc.com/news/magazine-36893303