domingo, 23 de octubre de 2016

El cuentero de Varsovia

Hay muros salvables, pero atravesados. Era esta la impresión que tenía un expatriado polaco, llamado Karol Basik, residente en los Emiratos Árabes Unidos, por allá en los años ochenta.

Se preguntaba el señor Basik por qué las entradas a casi todas las habitaciones en las casas árabes, en la parte inferior, tenían un milimétrico muro (para él innecesario), con el cual –de paso– se tropezaba a todo momento. Intrigado y ávido de una convincente respuesta,  se dio el inquieto varsoviano a la tarea de indagar el origen de la tenue elevación.

Un umbral sobresaliente


La primera explicación se la dio un meditador de larga barba blanca, que frecuentaba el gran parque de Al Zahiyah, en la urbana Abu Dhabi.

T fabulador

Todo comenzó en el antiguo Omán –inició su relato el apacible hombre con una voz suave y profunda– más exactamente en la región de Salalah, al extremo sur, cerca a la frontera con Yemen.

Mucho años atrás, para la época de invierno, la comarca entera estaba siendo azotada por una banda de  ladrones que siempre se las arreglaba para robar, haciendo su entrada por los techos de las casas, y su longeva vida criminal se le atribuía al contundente y somnífero efecto de unas esencias persas que usaban, para, en las noches, poner fuera de combate a lugareños y visitantes por igual.

Nada parecía detenerlos, hasta que un aldeano sugirió que en todas las entradas de las habitaciones de las casas se construyera un milimétrico muro.

La codicia de los ladrones por nuestras porcelanas será su perdición, y más temprano que tarde   –afirmaba el aldeano– en alguna noche, uno de los ladrones tropezará el diminuto muro y el estruendo que haga será tan grande, que nos despertará a todos, y será ese el momento en el cual los atrapemos.

La estrategia tenía toda la lógica del mundo, ya que los ladrones que atormentaban el pueblo de Salalah,  apetecían, muy especialmente, las finísimas vajillas de porcelana y la costosa cubertería de plata, que los habitantes del próspero lugar se daban el lujo de ostentar. Cualquier ladrón, al tropezar y caer, cargando este sonoro botín, despertaría a buena parte de la población.

La ingeniosa idea  dio de inmediato los resultados esperados y las noches y madrugadas de Salalah se llenaron de estruendos y alborotos, por los cientos de platos, pocillos,  cuchillos, y cucharas que se oían caer, inclusive estando uno a kilómetros de distancia.

Los ladrones eran hábiles en las alturas, pero torpes al andar, y el estallido de vajillas junto al  estrépito de metales  dejaron  sin efecto a las cacareadas esencias persas.

Todos los incidentes de robo eran muy sonados. Cada noche atrapaban a un buen número de ladrones, que caían como ratones en trampa, y a quienes inmediatamente aislaban en cárceles secretas desierto adentro, con el fin de que no contaran a sus compinches, la historia del enorme tropezón con el diminuto muro.

Las noches eran ricas en capturas y aislamientos. Uno a uno aprehendieron a todos los ladrones, hasta llegar a 50. Gracias a la ingeniosa idea del diminuto muro, la comarca entera no supo más de ladrones y volvió a ser el lugar feliz y apacible que siempre fue.

Fueron estos los primeros y últimos ladrones de Salalah.  Hoy las entradas a las habitaciones conservan los muros como un símbolo de ingenio y supervivencia: son unos umbrales realmente sobresalientes.

El señor Basik no atinaba a pronunciar palabra alguna: “Nunca espere una historia como esta, es en realidad fascinante y seductora, gracias”.

– Tenga en cuenta también –le recordó el viejo cuentero– la rica tradición oral de la cultura árabe, lo que quiere decir que va a encontrar más versiones del diminuto muro, con desenlaces tan diferente como fascinantes.

– No me diga – exclamó Karol Basik, con ojos que destellaban intriga y curiosidad . Para finalizar, el inquisitivo Karol quiso saber el nombre de su sabio interlocutor.

– y ¿cómo se llama usted?

–Soy el primer fabulador– respondió el hombre, con su misma voz profunda y ceremoniosa, luego se puso de pie y desapareció como una exhalación, en la espesura de un arbolado sendero.

Sediento por saber más, el europeo se pasó un tiempo de su vida, buscando más versiones de la historia del milimétrico muro, por toda Abu Dhabi. En cada parque que visitaba, encontraba a un cuentero que le narraba una nueva versión, que –en efecto, y como lo había dicho el sabio de barba blanca – era diferente y en algunos casos aún más fascinante que la anterior.

Curiosamente, a medida que oía historias, de parque en parque, el narrador de turno, era más joven. La rica tradición oral árabe ha tenido un buen relevo  generacional”, pensó, con satisfacción.

Con su curiosidad ahora suficientemente satisfecha, Karol Basik dejó de oír historias, volvió a Varsovia, y después de un corto tiempo regresó a Abu Dhabi, a los parques, queriendose re-encontrar con sus amigos cuenteros (comenzando con el primer fabulador) que tanto lo habían ayudado y fascinado con todas sus ricas narraciones.

Tristemente, no encontró a ninguno de ellos y nadie daba razón alguna de su paradero o existencia. Días después, desistió de su búsqueda.

Acerca de la rica tradición oral árabe, se enteró también que, en realidad, nunca hubo un relevo generacional y era imposible encontrar hoy en día jóvenes que pudieran contar antiguas historias de sus antepasados.

Si lo anterior era cierto, ¿quiénes fueron entonces los jóvenes cuenteros que le narraron con gran propiedad y sapiencia, las tantas versiones  de la historia del diminuto muro? Fue entonces cuando el viejo Basik se puso a cavilar:

Creo que esto fue lo que sucedió: todos los cuenteros fueron apariciones. Desde el comienzo al final, el cuentero –viejo o joven– fue siempre el mismo. Se movió cronológicamente (en forma inversa, del viejo –el primer fabulador– al joven) de parque en parque, hasta llegar a una versión adolescente, y esta última obedecía al afán de rectificar el nunca llevado a cabo relevo generacional, de la tradición oral árabe.

Mi curiosidad era tal, que mi imaginación, o no se qué, creó a unos asombrosos fabuladores, quienes fueron increíblemente generosos en saciar mi sed de búsqueda, sin dejar por fuera a ninguna de las generaciones. Todo fue una fantasía, que me convirtió en un nuevo relator, con, ahora, una inédita  e insospechada  historia que narrar. Me metieron en el cuento. Soy desde hoy el cuentero de Varsovia.

Epílogo
La satisfacción de una curiosidad por parte de un expatriado, creó una nueva historia que equiparaba, en fascinación y asombro, a todas las contadas por los fugaces relatores.

Para Karol Basik, ahora los sutiles relieves que cubren los umbrales de las puertas árabes, tienen un sólido sentido y los mira con respecto y admiración. Cada uno de tales relieves, encierra todo un mundo de historias fascinantes llenas de imaginación y cultura.

Después de esta experiencia, el varsoviano no volvió a tener un tropezón.


Marcelino Torrecilla N
Abu Dhabi, octubre de 2016

sábado, 8 de octubre de 2016

Nobel de Santos en la prensa de Arabia y la India

Periódicos de la región del Golfo Arábigo y del sur de Asia dieron gran despliegue del Premio Nobel de la Paz, otorgado al presidente colombiano Juan Manuel Santos. Dicho acontecimiento, en esta parte del mundo, se sigue y observa con esmerado interés ante la gran necesidad de paz, un anhelado bien en algunos países escaso, en otros totalmente ausente.

Visión árabe
Al Khaleej

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Al Etihad

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Al Hayat

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Registro indio

El Chandrika

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El Manorama

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El Gulf Madhyamam

T Mayhadm

El Daily Thanthi

Chin (3)

Marcelino Torrecilla N
Abu Dhabi octubre, 2016