lunes, 19 de octubre de 2015

La ventana al cielo

Al mirar por el tragaluz de su baño-mientras hacia gárgaras- Lodovico quedó embelesado con lo que sus ojos veían: se trataba de una hermosa mashrabiya o ventana árabe, que miraba el frente de su casa, desde las alturas de un edificio contiguo.


Lodovico interrumpió su ruidosa terapia, y apresurado salió a la calle y miró al cielo con su mano en forma de visera, para bloquear el inclemente sol. Así se quedó, extasiado por unos buenos segundos.

Cómo pude haber ignorado esta joya todo este tiempo– exclamó.

Mashrabiya: el fondo de un tragaluz
Mashrabiya: el fondo de un tragaluz
Lodovico Berti era un ingeniero italiano que había llegado a los Emiratos Árabes Unidos en pleno auge de la bonaza petrolera. Como experto en excavaciones, su trabajo lo realizaba en exteriores, en pleno desierto, cuyo polvo -tres años después de haber llegado al Medio Oriente-  comenzaba  a afectar su  garganta con insoportables picazones.


Haga gárgaras de sal, don Lodovico – fue la única recomendación que le dio su médico, la cual siguió y le permitió -por primera vez  esa mañana- mirar hacia su (hasta se momento) ignorado tragaluz y descubrir el encanto de la mashrabiya, cuya belleza, a través de la claraboya,  aumentaba en la noche, al revelar detalles que la luz del día no permitía apreciar. De todo este grandioso despliegue artístico, el italiano quedó, ese día, prendado por el resto de su vida.

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Un tiempo después de la reveladora experiencia, el ingeniero Berti renunció a su bien remunerado trabajo en una compañía de petróleos en Abu Dhabi y se inició como artesano de mashrabiyas y puertas árabes, entusiasmado también, por su vena artística que tenía raíces en su natal Florencia.


Sin muchas aspiraciones económicas, ni responsabilidades familiares, Lodovico estaba seguro de tener la paciencia y sapiencia necesaria para salir adelante en el arte de construir elaboradas mashrabiyas.


Con el dinero de la liquidación de su trabajo, menguado por viejas deudas y gastos inesperados, inicio el ingeniero una vida casi de indigente con escasas ganancias que apenas le alcanzaban para subsistir. Con las puertas árabes le iba más o menos bien, pero construir mashrabiyas requería algo mas que talento y conocimiento.


La labor de artesanía exigía un gran fuelle físico para manejar una pesada carpintería de celosía, que incluía  maderas y metales, que sus  manos  de pianista no podían ejecutar. Un día, simplemente se rindió, pero el sueño de  hacer mashrabiyas aún persistía. Lanzarse como artesano- reconocería después - había sido una decisión apresurada, sin embargo, se aferró a la idea de que,  si sus manos no podían hacerlas, sí podían dibujarlas.


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Un tiempo después, Lodovico Berti descubriría que no era el del artesano  el talento que él poseía, sino  el de un excelso dibujante, como después lo evidenciarían sus finos trazos de minuciosos y complejos entramados que el riguroso arte de elaborar mashrabiyas exigía.


Por todo un mes el ahora greñudo ingeniero  tuvo una vida de ermitaño encerrado en un improvisado taller en las afueras de Abu Dhabi, dando rienda suelta a lo que ahora se convertía en su mayor deleite: dibujar mashrabiyas a placer.


Del dibujo pasó, sin ninguna dificultad, al diseño y de ahí a la hechura propiamente dicha, la cual era ejecutada por artesanos profesionales a quienes él escrupulosamente escogía y comisionaba para producir las más bellas y alabadas mashrabiyas que el Golfo Arábigo haya visto. Sus diseños eran únicos e irrepetibles dado los complejísimos y elaborados patrones de sus entramados, plasmados inicialmente en un dibujo.

Ventana llena de cielos
  Las ventanas se visten de cielos

Las mashrabiyas diseñadas y producidas por Lodovico Berti poseían detalles y elementos mágicos que nadie podía reproducir. Su fama en el Medio Oriente se esparcía rápidamente, especialmente entre reyes y jeques, quienes querían  tener en sus palacios mashrabiyas con el efecto Berti. Lo anterior no se hizo esperar y después de un tiempo, la gran mayoría de palacios de la realeza del Golfo Arábigo mostraban con gran orgullo, elaboradas ventanas diseñadas por el ahora afamado y reconocido artista.


Su obra magna fue una ventana en honor a un príncipe emiratí. La historia cuenta que para esta realización, como en sus inicios, Lodovico se encerró  en su viejo taller por un mes, al final del cual, extasiado cayó en una especie de trance en frente a  su monumental y recién nacida creación: “Así debe ser la ventana al cielo”, aseguró para sí y fue este el nombre que le dio a la obra que más lo impactó en su vida.


Desafortunadamente, el lienzo con el imponente dibujo, misteriosamente desapareció del taller que no contaba con ninguna seguridad. La obra no se materializó en el momento y los marcos de las ventanas del palacio del príncipe mostraban un melancólico vacío.


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Los jeques del emirato, sin embargo, abrigaban la esperanza de dar con los ladrones que sustrajeron el valioso dibujo y llenar los tristes espacios. Hasta ese momento, La ventana al cielo sólo la había visto el propio Lodovico, su artesano de cabecera y el ladrón que la hurtó. De la obra no se supo nada más por un buen tiempo.


Después de incansables pesquisas, que duraron aproximadamente diez años, las autoridades dieron con el valioso lienzo, que había dado a parar a una tienda de antigüedades en la ciudad de Amán, capital de Jordania. La preciada imagen regresó a Abu Dhabi y se materializó en la más bella mashrabiya que palacio alguno haya lucido.  Fue un momento de regocijo y contemplación.


Los últimos años Lodovico Berti - termina esta esta leyenda contando- los pasó en su viejo taller, trabajando con la misma disciplina de siempre y con los achaques propios de su edad. Aún activo y con los pinceles en la mano, el gran artista murió una fresca y soleada mañana de un mes de Noviembre. Tenía noventa años.


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En el camino a su última morada, su cuerpo recorrió el distrito de los palacios reales en el emirato de Abu Dhabi, donde un sinnúmero de sus bellas mashrabiyas le hacía  una calle de honor. Si el destino final de Lodovico Berti era el cielo, la ventana ya la tenía bien dibujada.



Marcelino Torrecilla N. (matorrecc@gmail.com)
Abu Dhabi (EAU)  octubre de 2015
Fotos
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