viernes, 17 de noviembre de 2017

¿Ministerio de la felicidad?

Que la felicidad sea una búsqueda de todos no es ninguna novedad, pero que un país se interese en ella hasta el punto de crearle un ministerio, sí que lo es. El país al que nos referimos se llama Emiratos Árabes Unidos, quien ya cuenta con una ministra de la felicidad, y semejante cartera se le asignó a una joven mujer llamada Ohoud bint Khalfan Al Roumi. Ella ostenta el título oficial de ser: La Ministra del Estado de la Felicidad y el Bienestar, en este país del Medio Oriente.
T ministra
La ministra feliz
Entre los primeros beneficiados del singular ministerio están los consumidores, en general, quienes ahora son atendidos en Centros de la Felicidad del Cliente. Estos reemplazaron  a los antiguos Centros del Servicio al Cliente, y la fórmula para lograr el cometido se resume en la siguiente suma de componentes:

Un empleado orgulloso +
Una entidad dedicada +
Un positivo y proactivo usuario = felicidad del cliente.

Para los emiratíes, la suma de estos tres elementos es esencial para tener un verdadero cliente satisfecho. Matemática social y básica.

Formula

Ser feliz por ley

La felicidad se hace tangible por medio de ordenanzas como aquella que dicta que «En entidades del estado se deben destinar –por lo menos– dos horas al mes a actividades que promuevan la felicidad y el positivismo…».

Las entidades estatales en los Emiratos Árabes han creado un nuevo cargo llamado directores o promotores de la felicidad, que tienen como labor principal «..promocionar, entre empleados (y clientes)  una cultura de la felicidad y el positivismo dentro de la entidad, de las cuales son empleados, y hacerla parte del entorno y la rutina de trabajo; coordinar la implementación  del programa nacional para la felicidad y el positivismo; medir y analizar periódicamente niveles de felicidad y positivismo dentro de la empresa, y reportar resultados alcanzados».

Capacitación y entrenamiento 

Implementar la felicidad requiere de mucho conocimiento y preparación, razón por la cual los encargados de llevarla a cabo, en los Emiratos Árabes, fueron a capacitarse en las reconocidas Universidades de Oxford, en Inglaterra, y Berkley en los Estados Unidos.

El programa de capacitación lo conforman cinco pilares de conocimiento, que incluyen:

-    La ciencia de la felicidad y el positivismo
-    Atención plena  (Mindfulness)
-    Liderazgo de un equipo feliz
-    Felicidad y políticas en un trabajo gubernamental
-    Medición de la felicidad

El empleado estatal emiratí adquiere ahora un nuevo rol de responsabilidad y significado, con un flamante título: El Empleado de la Felicidad del Cliente. Si las metas se cumplen –esto es: el cliente sale siempre feliz de una oficina estatal– todos los funcionarios podrán, con gran mérito, ser declarados empleados del mes.

Es pertinente agregar que en otros países como Bután, creador de la idea,  existen también ministerios parecidos al de los Emiratos Árabes. La búsqueda de la felicidad (the pursuit of happiness) aparece también resaltada como un derecho en la constitución de los Estados Unidos de América. La felicidad se ha estado buscando siempre y por todos lados.

t t pursuit
Ya que Colombia se encuentra entre los países más felices del mundo, la apuesta a un ministerio de la felicidad tendría sentido.

Invito a mis lectores a que se imaginen un ministerio de la felicidad en nuestro país. ¿Cómo creen ustedes que sería? Quedo pendiente a sus comentarios. Para terminar, les dejo el discurso de clausura de la ministra Al Roumi,  en un foro internacional de la felicidad. Ver discurso aquí
Feliz día para todos.




Marcelino Torrecilla N (matorrecc@gmail.com)
Abu Dhabi, Emiratos Árabes Unidos
Noviembre de 2017
Referencia
NA. (2017, November 10). Know what. Retrieved from https://www.happy.ae/en/initiatives/Work/3#
Fotos
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Know what

domingo, 15 de octubre de 2017

16 historias del mágico Medio Oriente


Estimados lectores:

Quiero, por este enlace, compartir con ustedes una selección de 16 escritos de tipo ficción, en formato PDF (version revisada). Si el enlace no les funciona, me escriben un correo a: matorrecc@gmail.com y se las envío Espero sean de su agrado y gracias por seguir este blog.



miércoles, 27 de septiembre de 2017

Aladino cumple tu sueño (Parte 2)

Parte 1 aquí

.......Una soleada mañana de un frío diciembre, la llegada a la juguetería de una joven pareja con sus tres pequeños hijos alegró el inicio del día para el viejo juguetero, que presentía que esa mañana  haría la venta de su vida. Su corazón se lo decía.

“– Buenos días, señor – dijo al entrar un espigado joven, que vestía una elegante chaqueta azul. Mi esposa y yo estamos interesados en lámparas de Aladino para nuestros niños ”.

“– Sí, claro. Tengo muchas –respondió el comerciante con premura– ¿Y con quién tengo el placer?

“–Mi nombre Abdul Kareem y esta es mi esposa Alia.”

“–¡Bienvenidos!– exclamó el juguetero efusivamente–. Mi nombre es Ghassan Khoury, y los estaba esperando”.

Raudo, caminó hacia la puerta, colgó el aviso de cerrado, y bajó la pequeña cortina que cubría la puerta de entrada.

“–No entendemos– dijo Alia sorprendida, mirándolo fijamente.  –¿Dice usted que nos estaba esperando?

“–No se preocupe, señora Alia. Es solo un decir que tenemos los comerciantes cuando atendemos a los primeros clientes del día ”.

Es curioso señor Ghassan, – dijo Abdul Kareem intrigado– su juguetería está casi al lado del edificio donde Alia y yo vivimos muchos años de nuestra infancia ”.

“–Lo es también – añadió Alia– que usted se especialice en lámparas de Aladino”.
“–Esta juguetería nació por una carta que un niño escribió a una niña” –soltó el viejo juguetero, como quien deja caer una copa de cristal sobre el piso.

La revelación dejó el recinto en un prolongado silencio, roto solo por el alboroto de los niños que jugaban en la trastienda. Abdul Kareem y Alia se miraron con un refrenado alborozo, que alimentaba la posibilidad de recuperar dos entrañables recuerdos.

“–¿Usted tiene la carta señor Ghassan?” –preguntó Abdul Kareem con timidez y duda.
El viejo asintió lentamente con su cabeza.

¿Y la lámpara? ”, pregunto Alia, y el viejo Ghassan volvió a asentir.

Cuando terminé de pulir la lámpara que dejaron, –continuó el juguetero– vi sobre la brillante superficie a una hermosa niña de resplandecientes ojos azules caminar a placer sobre la cresta de una rojiza duna, y luego vi a un esbelto joven correr sobre una calle de una ciudad que parecía ser El Cairo; en ese momento comprendí que los dos deseos que ustedes pidieron se habían concedido; luego comencé a llorar de felicidad, que es la misma que hoy me embarga al ver dos sueños cumplidos. Mi corazón no se equivocó y sí, Alia, los estaba esperando, y sabía que algún día vendrían”.

Lágrimas comenzaron a rodar sobre las mejillas del viejo juguetero, quien no dejaba de mirar los rostros de los dos jóvenes, que brillaban con sorpresa y regocijo. Corrieron hacia donde el viejo estaba, y lo abrazaron.  Los tres, por unos buenos minutos, lloraron juntos y sin inhibiciones, mientras los niños seguían jugando en la trastienda, totalmente ajenos al conmovedor momento.

“–Gracias señor Ghassan –dijo Alia con una voz resquebrajada–. Nunca nos hubiéramos imaginado que nuestra increíble experiencia hubiese inspirado tan bello lugar ”.
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Su bella historia, mis jóvenes amigos, – continuó el viejo Ghassan–  es el alma de esta juguetería.  A decir verdad, este lugar vive de ese increíble relato que yo he titulado: Aladino cumple tu sueño,  que cuento a niños todas las tardes en diferentes sesiones. Llevo narrando esta historia por muchos años, y la Sala de Sueños (así llamaba el viejo a la sala de lectura que tenía en la trastienda) siempre ha estado llena; muchos niños, inclusive, regresan para oírla una y otra vez, cuando son adolescentes”.

Debo confesarles que su historia, al final, deja a los niños algo tristes, porque siempre me preguntan: “¿ y que pasó después con Alia y Abdul Kareem?”, y mis vagas respuestas no los satisfacen. “No me gustan las historias que no tienen un final verdaderamente feliz, no creo en esta historia, señor Ghassan ”, me lo ha dicho más de un niño, con justa razón. A partir de hoy, la historia tendrá el final verdaderamente feliz que los niños claman.”

Otra pregunta que seguramente harán los niños es sobre cómo ustedes se reencontraron. Esa parte de la historia hace falta, y les pertenece a ustedes.”

Todo sucedió como en un cuento de hadasAbdul Kareem hace una pausa, inhala y exhala una bocanada de aire–. De Beirut nos hizo salir, primero, la soledad que un día cualquiera se tomó el edificio Malabares, donde vivíamos, luego fueron los vientos de una guerra civil que era inminente en el Líbano, nuestra partida fue azarosa, y casi que corrimos solamente con lo que teníamos en las manos, Alia a Escocia y yo a Egipto; cuando esto sucedió estábamos los dos distantes, sin habernos comunicado por mucho tiempo. Alia y yo habíamos trazado, sin proponérnoslo, una estrategia de reencuentro, que en realidad, era un juego de un niño que quiere encontrar a otro en una gran ciudad, y que jugábamos mucho cuando vivíamos en el edificio Malabares. El juego decía así:

Si estoy en El Cairo y no tienes mi dirección, así me encontrarás…

Como yo vivo en El Cairo, ciudad donde nací, voy a ir muchas veces a todas las jugueterías de esa ciudad y le voy a decir a los jugueteros que me interesan muchísimo las lámparas de Aladino, entonces todos los jugueteros de la ciudad del Cairo sabrán que hay un niño, que se llama Abdul Kareem, que siempre viene preguntando por las lámparas de Aladino; luego tu, Alia, vas a la ciudad del Cairo y vas también muchas veces a todas las jugueterías y preguntarás por un niño que siempre anda preguntando por lámparas de Aladino, y el juguetero te dirá que sí  que el conoce a ese niño, que es así y asao, que de pronto hasta llega en cualquier momento, y tu, Alia, me esperarás en esa juguetería; si te cansas de esperar, vas a otra juguetería donde yo podría estar;  ahora los dos estaremos visitando las jugueterías del Cairo y seguro y, si Dios quiere, algún día nos encontraremos y vamos a estar los dos muy felices de volvernos a ver”.

“Luego Alia contaba la historia estando en Edimburgo, la capital de Escocia, donde ella había nacido. Repetíamos el juego en diferentes ciudades del mundo. Nos encantaba este juego de geografía  que, en nuestra imaginación de niños, nos hacia viajar y visitar muchos lugares.”

Mucho tiempo después– continuó esta vez Alia–  los dos, ahora adultos, a miles de kilómetros de distancia, entre sí, y sin decírnoslo, estábamos jugando al juego del reencuentro. Habría un momento en el que ambos coincidiríamos en el mismo lugar. Era un juego de azar, de emoción y expectativa, también de paciencia, persistencia y, ante todo, de mucho amor. El reencuentro felizmente se dio en  una juguetería en El Cairo, como en el juego del edificio Malabares. Duramos buscándonos casi dos años. Abdul Kareem iba a Edimburgo y yo al Cairo, íbamos y veníamos. Así fue nuestro reencuentro, lloramos mucho ese día y nos dijimos que nos habíamos extrañado mucho y declaramos nuestro amor; nos casamos una semana después.

“–¡Brillante y enternecedor! – exclamó el viejo, sin esconder un ápice de su emoción–. Ahora tengo esa parte que le faltaban al cuento. Qué afortunados van a ser los niños que hoy vengan a oír un remozado y aún mas deslumbrante relato. Gracias, y serán ustedes quienes esta tarde les den las respuestas a los niños. Entrarán al final de la historia, cuando, ténganlo por seguro, algún niño hará la pregunta de siempre: “¿ y que les pasó después  a Alia y Abdul Kareem?”

Ese anhelado momento llegó. Con la Sala de Sueños repleta, Alia y Abdul Kareem, los protagonistas de la historia, aparecieron como arrancados de una fábula, para sorpresa de todos los niños, que los miraban con la boca abierta. Respondieron todas las preguntas que los niños hicieron, y les hablaron de la importancia que tiene cultivar una amistad y del poder de soñar, de soñar y desear para los demás, y nunca desfallecer.

El viejo Ghassan Khoury siguió contando la historia hasta el último suspiro de su vida, y dejó el legado de la narración a sus familiares y amigos.

Alia y Abdul Kareem se convirtieron en personajes de carne y hueso sacados de un cuento fantástico parecido a los de Las mil y una noches. Al final ellos, de cuerpo presente, ayudaron a que la historia terminara como los niños querían: con un verdadero final feliz.

Aladino nunca se cansa de escuchar la historia, es su preferida, y le gusta mucho oírla cada noche, para dormir plácidamente,  sabiendo que el genio de su lámpara ha cumplido tu sueño.

Marcelino Torrecilla N (matorrecc@gmail.com)
Abu Dabi Septiembre de 2017

¿Cómo le pareció esta parte de la historia?
Entre al enlace y opine.
Gracias
https://www.surveymonkey.com/r/RTBVZWB

domingo, 10 de septiembre de 2017

Aladino cumple tu sueño (Parte 1)

El cierre de la puerta dejaba en el corredor un eco profundo, que era inusual en la rutina de inicio del día de la familia Sinclair. Todos los juguetes de los niños vecinos estaban en frente de las puertas, como de costumbre, pero aún así el eco persistía;no había suficiente espacio vacío que lo justificara, hasta que Ahmed, el portero del edificio, les dio la explicación.

Se quedaron solos en el primer piso, doctor Sinclair – le dijo con un tono compasivo y ceremonioso–, todos sus vecinos se mudaron mientras ustedes estuvieron por fuera. Muchas puertas quedaron entreabiertas; el eco viene de dentro de los apartamentos, del vacío que deja la soledad.”
– ¿Y porqué los niños no se llevaron sus juguetes? – le preguntó el doctor con la inmediatez que aviva la curiosidad.

Se los dejaron a Alia, de pura generosidad, y dentro del apartamento del señor Eissa está la lámpara.
¿La de Aladino? – le preguntó el galeno.
En el Medio Oriente casi todas las lámparas son de Aladino, mi apreciado doctor– respondió el jordano con su usual tono de profesor de cátedra.

Alia, la hija invidente del doctor Sinclair,  siempre quiso tener esa lámpara–la del niño vecino, Abdul Kareem– porque había algo en ella que la intrigaba, o era solo la caprichosa preferencia de los niños por el juguete ajeno. Corrían los años 70; Alia tenia 10 años y  Abdul Kareem 11.

En el edificio Malabares solo quedaba la familia Sinclair, a quienes la tristeza de la soledad los hizo mudar un tiempo después, una tarde de un frío Noviembre.

A Ghassan Khoury –restaurador de juguetes de 75 años, de la ciudad de Trípoli– le dijeron que en el abandonado edificio Malabares, en la calle Kasti, había muchos juguetes que estaban a punto de ser tirados a la basura, antes de demoler la gigantesca y oscura estructura que afeaba esa bulliciosa zona turística en el corazón de Beirut.

El acceso al viejo edificio lo logró el juguetero, después de una larga negociación con un lunático portero que reclamaba la posesión sobre el inmueble, aduciendo que los propietarios le habían traspasado todos los derechos de propiedad.

“– Se fueron todos corriendo–” decía  con un tono de complacencia.
“–No me voy a llevar su edificio, solo vengo por unos viejos juguetes– fue el argumento del restaurador, suficiente para abrir una desmantelada y  chirriante puerta.

“–Le doy solo una hora– le advirtió el portero irritado–, que escasamente le alcanzará para el primer piso. Todas las puertas están sin llave.

Armado con dos  gigantescas cajas de cartón,  el juguetero y dos de sus empleados se dieron a la tarea de recolectar polvorientos juguetes que aún se encontraban en buen estado. Estaban en el apartamento donde el niño Abdul Kareem y su familia habían vivido, y allí se encontraba la lámpara, en un solitario rincón, atestada de polvo, y como si nunca hubiese tenido lustre alguno.

En algún punto del piso de una de las habitaciones–en medio del constante trajín de pisadas– se dejaba oír un sonido hueco que no pasó desapercibido para el buen observador Ghassan.

“–Hay una baldosa floja allí–” exclamó con sorpresa, señalando el punto exacto de la resonancia. Su curiosidad de niño grande debía ser satisfecha.

Con extremo cuidado, uno de sus empleados levantó el decorado baldosín, y del interior extrajo una amarillenta hoja de papel doblada con una esmerada simetría.

La breve y conmovedora carta la había escrito el niño Abdul Kareem a su amiga Alia Sinclair, con una tinta azul que comenzaba a descolorarse.

Hola Alia
Qué afortunado somos de tener esta lámpara con un genio tan generoso. Yo ya le pedí mi deseo, y pronto podrás ver, como alguna vez te los describí, todos esos bellos  paisajes de Oriente Medio. El  genio me dijo que los deseos se cumplirían solo cuando los dos los hayamos pedido. Ahí te dejé la lámpara y deberás pedir tu deseo cuando regreses de viaje. Gracias por ser tan buena amiga y siempre jugar conmigo, así estuviera yo en una silla de ruedas. Deja la lámpara y esta carta en el mismo lugar de siempre.
Abdul Kareem
P.D.
Nos robaron un deseo y sospecho de Ahmed, que creo que pidió el deseo de la soledad.

Semejante manifestación de afecto y convicción, ataron sentimentalmente al viejo juguetero al decrepito edificio y a los dos niños con impedimentos, que algún día lo habitaron. Su vivaz imaginación de niño viejo veía dos deseos de una lámpara de Aladino materializados en una realidad para celebrar. Su corazón se lo decía:  Hoy Alia Sinclair, con sus bellos ojos, admira y disfruta las rojizas dunas de un inmenso desierto, y Abdul Kareem corre como loco las calles de una bulliciosa ciudad en el Medio Oriente.

En la misma calle del viejo edificio Malabares, el viejo Ghassan Khoury se hizo a un local, donde montó su juguetería, la cual llamo: Pequeños deseos en honor a los niños Alia y Abdul Kareem y a su entrañable amistad. La juguetería se especializó en: Restaurar lámparas de Aladino y cumplir deseos, como reza su publicidad.
T pequenos deseos

Una soleada mañana de un diciembre, la llegada a la juguetería de una joven pareja con sus tres pequeños hijos alegró el inicio del día para el viejo juguetero, que presentía que esa mañana  haría la venta de su vida. Su corazón se lo decía.

Continuará......

Parte dos

Marcelino Torrecilla (matorrecc@gmail.com)
Abu Dhabi, Septiembre de 2017

viernes, 9 de junio de 2017

Clases de vuelo a una alfombra mágica

Las legendarias alfombras mágicas –las voladoras de las fábulas indias y árabes– hoy ya no son las mismas. Las de ahora nacen en desventaja con un vuelo básico, el bajo, que cayó en desuso hace tiempo, y solo tenía cabida en un desierto sin edificaciones, donde las asombrosas superficies podían volar a placer, por kilómetros y sin interrupciones.

El paisaje de vuelo, ahora, ha cambiado en forma notoria, y les toca a las alfombras mágicas de estos tiempos prepararse para poder volar entre edificios de geometrías inverosímiles y alturas inexploradas.

Alfombras  hay sin altas aspiraciones y son las que terminan en las entradas de bulliciosos bazares en el Cairo, o delante de las puertas de sórdidos hoteles en  Calcuta, o las que, con el vuelo básico –el corto– entretienen a adultos y niños, en centros comerciales, con viajecitos cortos a alturas inofensivas, que no quiebran un hueso, ni producen vértigo alguno.

Las alfombras con elevadas aspiraciones van a clase en Dubái, más exactamente al Burj Khalifa (el edificio más alto del mundo con 163 pisos) su centro de aprendizaje por excelencia, y cumplen –de acuerdo con el punto de elevación–con programas de pregrado y maestría. Las que aspiren a un doctorado, deberán lanzarse, con inmensa soltura,  desde el piso 163: la cúspide, y continuar en ese alto curso por una significativa cantidad de tiempo. Coronan la cima solo las alfombras más lanzadas.
T Burj
Centro de altos estudios
Con las primeras graduandas –en un futuro más cercano que lejano–, ciudades como Dubái y Beirut verán sus azules cielos surcados por remozadas alfombras mágicas que reemplazarán a las legendarias, las de las leyenda de Las mil y una noches, las que volaban sobre dorados palacios, rojizas dunas y errantes beduinos.

T Carpet

Los cielos de occidente se llenarán de drones alimentados con tecnología, mientras oriente disfrutará de un horizonte de alfombras mágicas milenarias, que vuelan con el viento de su historia.


Marcelino Torrecilla N (matorrec@yahoo.com)
Abu Dhabi junio de 2017
Fotos
Alfombra voladora: Nazmiyal collection
Burj Khalifa: www.burjkhalifa.ae

martes, 23 de mayo de 2017

La lengua viva

La costumbre árabe expresada en la máxima de: “…quien se come la lengua de una cabra, tiene que interpretar una canción”, la experimentó una vez un cantor italiano llamado Massimo Fusco, cuando visitaba el Medio Oriente. Aunque comerse la lengua lo hizo a regañadientes, la historia cuenta que, en la pieza que le tocó entonar, el italiano alcanzó un do de pecho, que ni él mismo se lo creyó.

Un sonoro aplauso retumbó en el recinto, acompañado de una atinada declaración:
«Esa no debió haber sido una cabra cualquiera», concluyó el sorprendido italiano, ante semejante ejecución.

Del recinto del banquete salió Massimo Fusco confuso y lejos de creer lo que había realizado. Su vida como cantor (aspirante a tenor) en Italia había prácticamente terminado unos meses antes de su viaje al extranjero, cuando su maestro de canto le dijo que desistiera de este arte.

Su profesor Carusso le sentenció: «Su voz jamás alcanzará un do de pecho. Dedíquese a otra cosa señor Fusco, a los serenateros en la Vía Santo Vitti les pagan muy bien; usted no nació para el bel canto».

«Lo sucedido en el banquete con los árabes fue la patraña de una necia fantasía; de esas que pululan en estas tierras de magia e ilusión», repetía Massimo Fusco en voz alta, mientras caminaba a su hotel, con su corazón aún palpitando.
Voz viva
Ya en su habitación, se le ocurrió de súbito interpretar una pieza clásica: O Sole Mío, y poner otra vez a prueba su voz. La ejecución fue de nuevo una muestra de virtuosismo y perfección del bel canto, con un robusto do de pecho que nunca desfalleció.La nota permaneció, con una sola toma de aire, en alturas tonales hasta hoy desconocidas por el viajero cantor.

«El efecto de la lengua de cabra está todavía ahí, no sé por cuánto tiempo», pensó, sobrecogido.

Muy a pesar de la nueva verificación, a Massimo Fusco todavía lo atormentaba la incredulidad.  Solo alguien conocedor del bel canto lo podría sacar de la corrosiva duda.

Cuenta esta historia que Massimo Fusco, grabadora en mano, se encerró todo un día en el cuarto de un hotel en las afueras de Marrakech, en Marruecos.Grabó Vesti La Giubba, pieza clásica de gran exigencia interpretativa.


Al día siguiente de la agotadora jornada, el cantor se dirigió  a la oficina de correos con dos sobres que llevaban cada uno un casete. Uno iba dirigido a su antiguo profesor Domenico Caruso, y el otro a un amigo conocedor del bel canto, en Milán, llamado Carlo Vitale. Ambos sobres contenían una breve carta que remataba diciendo:
¿Qué opina usted, maestro de la interpretación que he hecho?
P.D. Respóndame, por favor, vía telegrama.

El primero en responder fue su antiguo profesor Caruso, crítico implacable de su carrera. El telegrama era escueto y directo.
Señor Fusco:
Dudo que la del casete sea su voz. Por favor, sea feliz y siga su vida de cantante de la noche, el bel canto no lo extraña a usted para nada.
Domenico Caruso
El telegrama de su amigo Carlo era esperanzador y con un certero remate.
Querido Massimo:
Tu voz es absolutamente irreconocible y ahora cantas como los dioses. ¡Felicitaciones! ¿Qué andas comiendo últimamente?
Carlo Vitale
2 casetes

El origen de la cabra del gran banquete árabe –incluyendo el poder mágico de su lengua–  era ahora lo único que le inquietaba a Massimo Fusco por saber. El interés lo llevó a recorrer muchas bibliotecas en todo Medio Oriente, incluyendo la legendaria biblioteca de Alejandría, en el antiguo Egipto.

Un día cualquiera, mientras visitaba la biblioteca de Rabat, en Marruecos, el título de  un libro con una modesta pasta le llamó la atención: Las Cabras Cantoras de Assaka. El libro estaba catalogado bajo el género de leyenda ficción, y de autor desconocido.

Contaba esta historia que en el pueblo de Assaka, al sur de Marruecos... «existió algún tiempo atrás una especie de cabra con un balido muy especial y distintivo, que (antes que perturbar) tranquilizaba los espíritus de gente y  animales».  

«Las virtuosas tonalidades que de sus hocicos salían,  atraían a multitudes que extasiadas las escuchaban en muda contemplación. A los primeros niños cantores de Assaka los nutrieron con la leche de las talentosas rumiantes, y cuando los niños alcanzaban su adultez, los alimentaban con la excelsas lenguas del celebrado animal. Lo anterior dio origen a camadas de eximios tenores, a los que se le consideró como los más talentosos del mundo».

La historia de Las Cabras Cantoras de Assaka corroboraba ahora su aseveración:
«Esa no debió haber sido una cabra cualquiera».

El brote de virtuosismo de Massimo Fusco fue noticia de gran revuelo, lo que trajo al Medio Oriente,  un gran número de cantores de todo el mundo. Todos aspiraban igualmente a probar las mieles de la increíble vivencia.

Lenguas de cabra atiborraron ollas y calderos en casas y restaurantes de la región. Sin embargo, en ninguno de los cantores se materializó el ansiado milagro, ni tampoco en los que lo intentaron tiempo después.

En una carpa árabe, aquella calurosa tarde en un banquete, Massimo Fusco tuvo la fortuna de almorzarse una lengua de cabra de la estirpe de Assaka, y luego ejecutar un do de pecho. El italiano se comió la última lengua que quedaba.

Marcelino Torrecilla N (matorrecc@gmail.com)
Abu Dhabi mayo de 2017



Foto de tenores: www.16minutos.com

martes, 2 de mayo de 2017

La historia del soldado desconocido

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Santiago Mera fue declarado como el mejor soldado colombiano en el Sinaí, después de repeler un ataque de salteadores del desierto, a un grupo de mujeres y niños. La emboscada, a Santiago, lo sorprendió solo, pero bien apertrechado.

Conocí a Santiago Mera en Colombia, mientras cursábamos el bachillerato, en grado ocho, y desde entonces hemos conservado una buena amistad, que nos reúne aquí en el Medio Oriente. Hoy viene Santiago a visitarme y despedirse, camino a Yemen, su nueva apuesta militar.

Estábamos ansiosos por ponernos al día y teníamos tantas cosas que recordar, que no sabíamos por donde empezar. En esta ocasión, y en forma espontánea, iniciamos con las aventuras de los años de colegio.

Te acordás, Chapinero –así me llamaban a mí en el colegio y a Santiago le decíamos Juanchito–  de Sabrina, la de los ataques de tos.

– Sí, claro. Su belleza se desmoronaba cuando le sobrevenía la ruidosa tos, tan estruendosa como inoportuna, y que nadie se aguantaba.
 
Solo te la aguantaste vos, rolo– me lo recordaba Santiago con una explosiva carcajada–, que como que le encontraste la cura; los yemeníes eran soldados valientes, pero sin experiencia, y eran presa fácil para los hijos de p…  de negro.

No comprendía la inesperada inclusión de Yemen en la conversación, por parte de Santiago, pero no quise, en ese momento, ni interrumpirlo ni interpelarlo.

Pero, contáme, Chapi ¿En qué quedaste con Sabrina, como que te contagió el catarro, parece? De nuevo explotaba su  carcajada, que quedaba resonando en la villa, y hacía que las aves del patio salieran espantadas con un ruidoso aleteo.

–Nos separamos porque descubrimos que teníamos muy pocas cosas en común, y nos dimos cuenta de que necesitábamos ser más predecibles el uno al otro; sabes, Juanchito, la tos nunca fue un inconveniente para el amor.

Yo en cambio –arrancaba Santiago con un tono melancólico– nunca ligué nada con ninguna muchacha, por lo andariego, vos sabés, nunca me quedaba mucho tiempo en un mismo lugar; el enemigo, en Yemen, vestía siempre de negro y eran unos hijos de p… sanguinarios, perdí la cuenta de cuántos bajé. ¡Marica!, si caías en las manos de los hijos de p… de negro estabas liquidado: ¡Halás, era el fin! me lo repetía hasta el cansancio; pero sabés, rolito, que no me lamento por mi soledad, el vacío humano ahora lo llenan dos mascoticas que tengo: un perro y una gata, que son mis mejores amigos y van siempre conmigo.

 –Y ¿qué nombre les pusiste?
 
– A la gatica Salomé y al perrito Tony –me respondió con un tono paternal, como cuando uno, con orgullo, da los nombre de sus hijos–. Se van conmigo a Yemen –prosiguió entusiasmado–,  pero van a estar seguros, me están esperando en el aeropuerto; los hijos de p… de negro acaban de capturar a Ahmed, mi mejor amigo yemení; tal vez no lo maten enseguida por lo que él representa en la región, pero uno nunca sabe con esos desgraciados, como sea lo vamos a rescatar; oíme, Chapinero, y vos ¿hace cuánto no vas a Colombia?
 
– Quince años, Santi, quince largos años –le respondí con un lastimero tono de nostalgia.

–Mucho tiempo, rolo mucho tiempo, tenés que ir a Colombia a recargarte, a que toqués un verdadero árbol, ver verde y sentir el olor de la lluvia y el calor de la gente; inteligencia ya ubicó a Ahmed, está en un edificio abandonado en las afueras de Saná; hoy estoy de francotirador, una de mis especialidades, y ya casi tengo en la mira a los dos guardias de la entrada, ¡pum! ¡pum! doy de baja a los dos en forma casi simultánea, y entramos todos en acción; sabemos el lugar exacto donde tienen a Ahmed, somos sigilosos y los silenciadores ayudan; subo un muro, ya los tengo en la mira a través de un tragaluz, los captores son dos y se ven cansados; por accidente hago un ruido y uno de los guardias mira hacia arriba, ¡pum! ¡pum! no les doy tiempo: soy certero nuevamente, pero uno alcanzó a herir a Ahmed, al parecer no de gravedad; lo cargo en mi espalda, SHUKRAN, SHUKRAN (GRACIAS, GRACIAS) no deja de decirme Ahmed en árabe mientras salimos rápidamente, antes de que les lleguen refuerzos; Ahmed está ahora salvo.

A medida que proseguía la conversación y los inesperados relatos, sentía que perdía a Santiago y que se me salía de las manos. No identificaba ahora, ni al amigo ni al soldado, su forma de hablar cambiaba y su lenguaje corporal ya no era predecible. Fue entonces cuando decidí intervenir.

–Oíme, Juanchito, ¿Estás bien? ¿Qué te está pasando, mi hermano? –le pregunté con la voz de un padre a quien la angustia carcomía–. Me has estado hablando de Yemen como si ya hubieras estado allá, ¿Quién es Ahmed y quiénes son los hombres de negro?
 
 – ¿PERDÓN? –me respondió Santiago airado–  ¿De qué me habla el rolo? Pues, le respondo a la joya de Chapinero: nunca antes me había sentido tan bien, y nunca hablo de pendejadas que no conozco.

Desistí de más información. Estaba terriblemente confundido y comencé a temer, más bien, por mi propio estado mental. Aun así, mantuve mi compostura y seguí la conversación, intrigado ahora por saber cómo terminaría este extraño reencuentro.

–Relajáte, Chapi, relajáte, que estoy  bien –me hablaba en un tono conciliador–. Mirá, antes de que se me olvide, tengo este sobre pa' que se lo entregués a mi sobrina Berenice, que viene de Colombia la próxima semana; ya ella tiene tu dirección y te llamará antes. Le decís que lo abra solo cuando llegue de vuelta a Cali; me cuenta Ahmed que los hijos de p…  de negro ya me tienen en la mira por los golpes que les hemos dado, y saben que soy yo quien dirige las estrategias de combate. No me sorprende. Justo ayer pasó lo que siempre había temido: eran las 3 de la madrugada cuando…….

Santiago detuvo su último relato  y miró su reloj.

 –¡Voy tarde! –exclamó presuroso–. El bus al aeropuerto me recoge en quince minutos.
 
No podía esconder mi inmensa tristeza – y ahora preocupación– por la partida del entrañable  amigo.

–No te me pongás triste, Chapi, que a donde voy todo va estar bien. Ya vas a ver vos.

Nos unimos en un prolongado abrazo y luego caminó hacia la puerta. A unos pocos centímetros del umbral, Santiago comenzó a levitar y dio un lento giro hacia donde yo me encontraba; lo tenía ahora enfrente: iba con los ojos cerrados y un rostro tranquilo. Segundos después, lo vi desvanecerse en la blancura de un inmenso cielorraso. Me pareció oír de nuevo su alegre carcajada, y las aves del patio se volvieron a espantar.


Marcelino Torrecilla N (matorrecc@gmail.com)
Abu Dhabi mayo de 2017